domingo, 16 de noviembre de 2025

254 (solo una historia de amor más)

I
Conocí a la señora Ernestina Flores un día de agosto en el que el sol ardiente apuraba a la gente que andaba en las calles del mercado de Sonora, lugar al que por necesidad tuve a bien recurrir.  Por esos dias, yo penaba mi cuarto fracaso sentimental en menos de tres años y un amigo me había recomendado pasar por el puesto de esta señora milagrosa, empeñando su palabra que su ella no podía sanar mi mala suerte, nadie más podria; pero déjenme comenzar por el principio.

De ser un joven sin rumbo definido, empecé a administrar una agencia de señoritas de compañía que heredé de mi padre, a su muerte, hace cuatro años. Aquella vieja casa de citas la transformé en una funcional oficina minimalista, donde trabajan alrededor de quince mujeres en turnos intercalados. Tras su sepelio, como ya lo mencioné, asumí la dirección general del changarro y me prometí subir la categoría de aquel tugurio de mala muerte. Inmediatamente contraté a un licenciado que despidió, por ordenes mías, a casi todo el personal: Dos criadas, un mozo, un barman, una cocinera y tres prostitutas que antes de irse, me armaron un escándalo, que a punto estuvo de costarme caro. Segoviana, la más antigua y también la más rijosa, organizó un zafarrancho antes de dejarnos definitivamente. Con un primo suyo y un ex amante, ex amigo y ex cliente del lugar, intentó amedrentarme a golpes y destrozar el bar. Se conformó con 15 mil pesos que le di como liquidación por sus servicios y se fue con un jarrón de mi madre, que según ella le traía bellos recuerdos de cuando era virgen; Segoviana, por supuesto.
 
Acabado el asunto de la liquidación del personal, me di a la tarea de entrevistar a cuanta candidata tuvo a bien presentarse al número 18 de la calle de la Amargura. A cuenta gotas fueron llegado las postulantes a "escorts" de tiempo parcial. Llegaron candidatas de todo tipo; altas, morenas, gordas, guapas, transexuales, bueno hasta estudiantes de facultades conocidas. A todas les hablé franco y les pedí que se desnudaran completas porque quería quitarme de encima a mocosas inexpertas que no iban a dar el ancho. En eso estaba cuando apareció una niña que me estrujó el alma.
 
Pilar, me llamo Pilar, repitió la mujer enfrente del escritorio. Sus ojos avellana recorrían cada esquina de esa habitación. Su mirada desnudaba la humedad galopante que se filtraba del techo a las paredes y me hacía sentir incomodo, como fuera de lugar en  mi propia oficina.
 
-¿Es usted el de la foto? Pregunto Pilar señalando a la persona del bigote revolucionario.
-Ni lo mande Dios, está bien que estoy viejo, pero no me jodas. ¿Qué así de acabado me veo? Le pregunté bajando la voz como si hablara para mí mismo. ¿Cuántos años tienes? Te ves muy chavita, le pregunté calulando que no tendría más de quince.
-Dieciocho años señor, me respondió mirando al piso.
-Dime Carlos y no me quieras ver la cara, que a leguas se ve que eres más chica
-Es que soy traga-años, me respondió segura de su verdad.
-A ver, le dije para ver si sabía mentaner una mentira, enséñame tu credencial de elector.
-La perdí con mi cartera cuando me robaron la última vez, respondió sin titubear.
-Ah, no me digas, le dije sorprendido de su frialdad ¿Sabes el problema que es contratar a menores de edad?
-Le juro que tengo dieiocho señor, vovió a decir.

Aunque no le creí,  la cogí, es decir, la contraté, en un momento de poca lucidez. No sé que le vi, su piel canela y su menuda figura de mujer a medias me apachurraron el corazón. .Le encargué que se pusiera a mis órdenes como secretaria, ya que al menos sabía leer y escribir, aunque de computación no sabía ni encender el “cpu”. Aprendió rápido y se adaptó al puesto como ninguna.

Una tarde, justo antes de cerrar el local, entró a la oficina como una pantera cuando se esconde detrás de la maleza. Aunque la oí entrar, no volví la vista que tenía clavada en el portafolio de una modelo que pensaba contratar. Carlos, -dijo con una voz desconocida- en la entrevista no me pediste que me quitara la ropa. Al tiempo que mi mirada subía, su vestido de flores lilas descendía, igualito que las hojas secas en otoño. Sus tetas firmes y morenas se erguían orgullosas entre su corazón y un talle estrecho, casi anémico. Le exigí que se vistiera, a cambio recibí sus calzones sobre el escritorio, era una niña muy mujer, era una hembra hecha. Cogimos ahí mismo. La tiré encima del portafolio de Soledad e hicimos el amor durante un tiempo que pareció eterno, pero no mayor a 20 minutos a lo sumo. A partir de ese momento, Pilar se convirtió en la patrona del despacho, en poco tiempo ya atendía mis asuntos, me contactaba con proveedores, conseguía clientes, vamos, hasta entraba al casting de las mujeres que deseaban trabajar. Con su ayuda nos hicimos de clientes importantes, políticos influyentes, empresarios de vidas disolutas y solitarios con carteras generosas. Dos años se fueron con todos sus meses, y en la medida que el negocio progresaba, la pasión también se fue extinguiendo. Nuestros encuentros se fueron espaciando , casi ya no hablábamos y yo empecé a salir con otras. Cuando leí la carta que dejó encima del escritorio, me sentí traicionado:
 

Carlos,
 
No sé cómo decirte lo que me asfixia este lugar, me asfixias tú y tu pedantería de tendero de cuarta. No niego que te amaba cuando puse mi sexo a tus deseos, hace casi dos años, pero no has entendido nada, no creo que me conozcas, ni que te interese conocerme, no me has regalado un puto orgasmo, no sabes tomarme de la mano. Te agradezco todo lo que has hecho por mí, porque sé que tienes corazón de pan de dulce, pero eres bien pendejo y ya me cansé de solaparte tus puterías y de resolverte la vida. Me voy con Ana, la chica que contrataste hace seis meses. No me llevo nada que no me corresponda por ley y derecho divino, bien sabes que los cincuanta mil, me los gané peso por peso. Te quiero, te quise, madura y trata de ser feliz.
 
Pilar
 
Desgraciada, salió del fondo de mi alma, mientras la emoción ganaba por aguas mi mirada. ¿Quién se cree? le pregunté al vacío. Si yo la conocí cuando no era nada y ahora me deja siendo nadie. Por eso tanta insistencia en contratar a Ana, cuando a leguas se veía que le faltaban tablas. Y yo que hasta insistí en que Pilar le enseñara como ser una edecán de categoría, vaya si le aprendió con rapidez.
 
Quise ahogar mi rencor en el alcohol, pero como no soy de esos que se embriagan por dolor, asumí su perdida y me refugié entre las piernas de no sé cuantas mujeres que sacaron provecho también de mi.
Cuando creí que Pilar se había extinguido, su recuerdo me lanzó a los brazos de Paola porque se parecían como dos lagrimas, como los mismísimos rayos del sol. Paola apareció, entonces, como un fantasma, como un espectro del pasado.
 
 
 
 
Cada año la tía Licha organiza una fiesta en su casa de la colonia Doctores para celebrar su cumpleaños. Desde que tengo memoria, mi tía tiene por costumbre tirar la casa por la ventana y sin exagerar, el año en que conocí a Paola, literalmente, sucedió exactamente esto cuando un tapete mal colocado, tropezó a mi sobrino Andrés, que a su vez fue a detener su caída contra el televisor de 38 pulgadas, que saltó despedido por la ventana y cayó a dos metros de mi padrino Manuel, cuyo sueño de entrar a la televisión, casi se ve consumado.
Después del incidente, Paola y yo coincidimos en la fila del sanitario de la planta alta. Intenté esconder mi asombro y conseguí caerle bien con dos o tres anécdotas, que ella interpretó como jocosos chistes de internet. Esa noche bailamos y bebimos como dos viejos amigos y prometimos llamarnos en no más de cinco días.
Quedamos en vernos para desayunar en un “Yics” de la colonia Narvarte, el jueves de esa misma semana. La química que sentimos en nuestro primer encuentro se confirmó antes de que terminaran de tomar la orden y sin más, decidimos irnos a tirar pasión a un cinco letras para terminar de conocernos mejor. Por miedo a que fuera a pensar que yo era un tipo demasiado vivido, propuse, solamente, un par de hoteles cercanos al punto donde nos encontrábamos, que ella rechazo por baratos y descuidados. Terminamos en un hermosísimo hotel de tarifa moderada que, evidentemente, yo seleccioné de los tres que ella tuvo a bien proponer. En frío y con solo medio café por desayuno, me lancé lo mejor que pude, la estreché, corrijo, la estrujé entre mis brazos y la besé profundamente con una pasión indómita que consideré excesiva, pero que ella correspondió efusivamente, con sus manos en mi pantalón. Cual un tigre me abalancé sobre la cama y sin mediar palabra la despoje de sus jeans strech.
-Háblame fuerte corazón, me dijo un eco desde el fondo del abismo del deseo.
-¿Qué?
-Que me hables sucio papito, volvió a decir la misma voz, en tono inquisitivo.
-Un mande, que no supe si ordenaba o preguntaba, pronunció mi miedo al desenfreno.
-Pégame, ordenó la voz arriba de mi cuerpo.
-¿Y si te lastimo?
-Sí, si, hazme daño, no tengas piedad, respondió Paola.
Entonces accedí a sus deseos y desate mis demonios internos.
-Perra, afirme seguro de mi, pero ella, insaciable, quería más. Zorra, le lancé, en su integridad.
-Dame más fuerte, así, no te detengas, sigue, suplicaba jadeante y sudorosa.
–¿Más fuerte? le pregunté, con una voz que anticipaba la derrota.
-Sí, más, me exigió.
-Pero es que yo. Un perdón, intento disculpar mi falta de concentración, pero su expresión de insatisfacción lo decía todo.
-Si acabamos de empezar, me reclamó mirándome desde arriba, con un aire que me hizo sentir pusilánime.
-Es que eres muy intensa, le respondí a manera de excusa, que no interpretó correctamente porque, en ese momento, me preguntó si le estaba llamando “puta”. Te lastimé, le pregunté para cambiar de tema, pero ella se ensañó con un “ni me tocaste” que me dolió en mi orgullo de hombre. De veras no sentiste nada, le pregunte de nuevo, pero su movimiento lateral de cabeza que me hizo sentir peor. Para suavizar la situación, le prometí que, la próxima vez, todo saldría mejor.
-Próxima vez, me preguntó azorada, pues qué somos, añadió antes de que se me ocurriera una respuesta acertada. En ese momento perdí el control de la situación.
-Si, insistió ella, en qué términos quedamos, volvió a preguntar autoritariamente.
-Pues si nos acabamos de conocer, le dije para que entrara en razón.
-Hace cinco minutos me tocabas con mucha familiaridad y ahora no me conoces, me reclamó indignada y volvió su cuerpo completo al lado contrario de mi mirada. La abracé tiernamente y le pregunte al oído si quería formalizar. Volvió entonces su cuerpo hacia mí y a boca-jarro, me lanzó la pregunta que estuvo esperando hacer, desde que entramos al restaurant “¿me estas pidiendo que sea tu novia?”.
–Sí, sal conmigo, le dije entre dientes, convencido que aquello era un sin-sentido.
-No sé, lo tengo que pensar.
-Qué no te gustó, le reproché.
-Sí, pero no me gustan los hombres posesivos, además, quien me asegura que no eres un eyaculador precoz, insistió poniendo sal en la herida.
Fue un accidente, le expliqué, y añadí que ella podía salir con quien quisiera porque no era celoso. Su risa incrédula desequilibro mi argumento anterior:
“claro, para que andes de mujeriego poniéndome el cuerno”.
Nunca, te quiero bien, le dije con el corazón en el puño de la mano derecha.
-Pero si apenas me conoces y ¿ya me quieres?, dijo ella.
-Es que tenemos química y te me haces una chava muy decente, le dije mentiroso y temeroso de verme rechazado por segunda vez. Un largo silencio detuvo el espacio entre ella y yo, su mirada clavó la mía y sin pensar en las consecuencias, aceptó mi proposición.
-Lo intentamos de nuevo, le pregunté tomando sus nalgas entre mis nudosos dedos nerviosos.
-Claro, pero esta vez piensa en otra cosa y pégame más fuerte.
En ese momento debí haberme dado cuenta que no me convenía; sin embargo mi soledad era grande y ella encantadora.
Volvimos a vernos en un centro comercial, en el sur de la ciudad, donde se exhibía el largo-metraje “La Revancha de Inés” del famosísimo director Iñaqui “El tuerto” Gómez. Aunque el plan era otro, justo antes de bajar del auto, arremetió con un ataque frontal de su libido, que nos llevó hasta el asiento posterior del Ford Fiesta donde comenzamos nuestro primer encuentro matinal. La vorágine de nuestro amor de verano se vio interrumpida por el ruidoso golpeteo de los nudillos de un oficial de seguridad en la ventana. Este amenazó con remitir el carro, nuestro ego y la pasión desenfrenada ante un MP, para hacer nuestra declaración. Ante la flagrancia de los hechos y las pantaletas de Paola en el bolsillo del pantalón, intenté negociar un arreglo que se desmoronó al ver el video de circuito cerrado donde aparecíamos, los dos, como en película tres equis. De camino al MP, llegamos a un acuerdo conveniente a todas las partes, aunque no a todas las carteras y con nuestro bolsillo dañado, la deje en silencio y sin besos delante del portón del edifico donde vivía.
Esa tarde quedamos, sin embargo, en vernos para la boda de mi prima Laura que acontecía el siguiente fin de semana. La noticia la tomó por sorpresa, una mueca de ilusión dibujo su sonrisa y aceptó encantada, casi como si ella misma fuera la desposada. Al instante me tomó de la mano y fundió su cuerpo al mío en un abrazo sincero y prolongado.
El día de la boda, el cielo nos regaló un color azul profundo y un sol enorme, caliente y amarillo. Paola estaba radiante con un vestido largo, claro y escotado. Era una diosa de cuello de cisne y piernas de azucena. El tocado de caireles dorados remataba con una flor azul pálido, igual que su vestido. De golpe me sentí opacado, como un niño junto a su hermana mayor. Ella tan hermosa y yo tan común. Antes de subir al automóvil, me tomó la cara con sus manos y rió de una manera que no supe si era sorna o verdadera felicidad. Qué sucede, le pregunté extrañado, a lo que respondió con otro beso, que más que eso fue un “te amo”.
El camino pasó sin incidentes y llegamos puntuales a “Las Naranjas”. El jardín estaba fantástico de un verde destellante y ligero. Dos pavos-reales marcaban territorio y exhibían sus colas de ojos multicolores. Un ganso observaba de lejos a las aves y graznaba, como indicando a los invitados, quien realmente mandaba ahí. En medio del jardín, un techo de dos aguas cubría una vasta extensión de terreno, repleto por más de cincuenta mesas, dispuestas elegantemente alrededor de un tableado y de frente a una tarima, donde una orquesta aguardaba con impaciencia. La mitad de los invitados aún esperaba la mesa asignada, ansiosos de participar en este frenesí de las uniones matrimoniales, que en particular encuentro de lo más divertido, porque me resultan extraños los oficios y la pompa con los que dos seres desconocidos juran, de por vida, un pacto conyugal.
Nos asignaron una mesa en medio de ninguna parte y cerca de nadie, como el lugar que siempre he ocupado en la familia. Los Rodríguez abarrotaban las mesas principales y el resto de mi familia paterna las que quedaban. Una fanfarria anunció la llegada de la feliz pareja hacia el final del segundo whisky. Lo celebré más que efusivamente, porque el hambre me apuraba las maderas y esas no esperan. En la mesa nos acompañaban una pareja mayor muy simpática, de cuyos nombres solo recuerdo Jaime y Clara; además de otra pareja más joven, aunque no menos agradable, y dos chicas entradas en los treinta de nombres Mercedes y Carolina. Ellas llegaron después de los novios y tomaron sus lugares de mi lado izquierdo. El silencio incomodo de encontrarnos desconocidos entre conocidos se rompió cuando la feliz pareja abrió pista con una canción de Barry White, que entre lagrimas, el novio dedicó a Laura, mi prima. Comimos un menú a tres tiempos que me pareció un manjar por lo bien presentados que estaban los platillos, el perfecto “maridaje” entre el vino y el cordero, y la perra hambre que devoraba implacablemente, la gastritis galopante que me habían diagnosticado hacía tres semanas. Después de la comida el ambiente se puso ameno en la sobremesa, generosos whiskys aflojaron la estresante etiqueta del principio y nos permitieron conocer mejor nuestras coincidencias con los desposados. Meche, como terminé llamándola, quedó impresionada con mi descripción del negocio familiar y me pidió, sin titubear, una tarjeta para ver si le acomodaba un empleo, de medio tiempo, en las oficinas minimalistas. Aunque Paola se integraba a la plática con comentarios ingeniosos y me alentaba a bailar con Carolina, la menos guapa de las dos, era notoria su molestia de tenerme que compartir con ellas entre canción y canción. Tras una larga tanda de rock and roll, una voz femenina comenzó a despotricar en una de las tiendas del fondo del salón, así que de inmediato me dirigí corriendo al cuarto que estaba junto al sanitario, siguiendo una especie de presentimiento que deseaba estuviera equivocado. Mi llegada interrumpió el golpe que Paola estaba a punto de recibir de una mujer que la sostenía de sus caríeles rubios. Un tipo, atónito, con los pantalones en las rodillas, intentaba explicarle que lo que acababa de ver, no era exactamente lo que acaba de suceder. Entendí la situación y la tomé del brazo para salir, a ritmo de salsa, del bochornoso altercado que había tenido con la esposa de mi primo Luis. Como pude, me abrí paso con ella, entre una multitud que bailaba “corazón bon-bon” y de inmediato tomamos nuestras pertenencias. El valet ya nos aguardaba en la puerta. El señor se retira, dijo firmemente la novia, hermana de la despechada. Sin decir una palabra cerré la puerta del Fiesta y mi relación con Paola. Miren que meterse con el padrino del novio, que porque yo la había abandonado por Meche, que descaro.


II
Estaba decidido, el amor no era una cosa que se hubiera creado para mí. Quizás el destino, o tal vez, solo mala suerte. Tras una semana de tirarme al "piste", un amigo de trago me recomendó a una curandera del mercado de Sonora, un hada capaz de enamorar al corazón más piedra y de limpiar las cañerías del pasado más tormentoso. Puesto 365 pasillo H, así lo había escrito Esteban sobre una servilleta. Tomé un taxi que me dejó enfrente de los puestos de flores y entre diablitos, niños gritones y marchantes impacientes, llegué a mi cita con Doña Tina. De no más de uno sesenta, un poco encorvada y con algo de sobre peso, Doña Tina no era una persona demasiado mayor, era una mujer madura, de piel morena y arrugas prematuras, tal vez de tanto sonreír. Sus ojos oscuros miraban el alma y desnudaban las intenciones. Que se le ofrece, me preguntó firmemente. No mucho, contesté titubeante y temeroso de expresar mal mis deseos. Que mal le aqueja, volvió a preguntar con insistencia. Un mal de amor que me devora al alma, le respondí a tientas. Mi respuesta de telenovela la hizo alzar la ceja izquierda, señal de que no había entendido nada y tuve que añadir que me consideraba muy malo para el amor y que estaba seguro que no tenía suerte, ó si la tenia, era del todo negativa.
Después de contarle mis dos fracasos anteriores, tomó una bolsa de entre varias que tenía detrás del mostrador y cogió un puño grande de hojas acre que envolvió cuidadosamente en papel periódico. Junto con las hojas, tomó un listón plateado que enredó en una vela roja, luego me entregó una caja de fósforos negros con los cuales debía encender la vela a las doce, del día doce de cualquier mes. Porque el doce es tan importante, le importuné extrañado. Sucede que el doce, joven, es un solitario que termina en pareja, no es eso lo que busca, preguntó afirmando. Y las hojas para qué son, le insistí. Mire, le voy a explicar, pero debe ponerme mucha atención porque cualquier cambio, por pequeño que sea, puede arrastrar consecuencias funestas; el día doce de este mes, a las doce del día exactamente, enciende la vela y con ella las hojas secas que lleva en la bolsa, el listón debe marcarlo con el nombre de su amada para que se queme con ella. Con la vela, aclaré. Si, dijo moviendo la cabeza; luego, el humo producto de la combustión lo guarda en un recipiente sellado hasta el día que encuentre a la mujer deseada y entonces lo librera al tiempo que le confiesa que la ama, entendió, dijo subiendo la voz. En ese momento todo me pareció de lo más sencillo y me despedí de ella agradecido, aunque iniquivocamente desconfiado.
De entre algunos prospectos no muy prometedores, me decidí en buscar a María, en vez de Crisitina. Con María, la más guapa, pero también la más rejega, ni mis más inspirados piropos hacían mella, siempre sabía esquivarlos con derechazos de indiferencia. Cristina, en cambio, dejaba ver que mis propuestas tiernas dejaban eco en su corazón de bonbon, ella era la indicada, una mujer más afín. Sin embargo, no fue ella sobre quien decidí aplicar el hechizo de Doña Tina y fue María, justamente porque con ella era menos probable y el rechazo era inminente. Cuando tuve claro a quien buscar, tomé el teléfono y la invité a salir después del trabajo. Como esperaba, María me trató con la indiferencia acostumbrada, siempre directa, me carrereaba las palabras como si tuviera prisa por hablar. Le sugerí que nos encontráramos en un café de la colonia Condesa el doce de ese mismo mes, pero le resultaba imposible y no me quedó más remedio que adelantar la fecha para el once de septiembre, único día que ella tenía disponible para mí. Aunque recordaba las palabras de Doña Tina sobre lo funesto de no seguir sus instrucciones, accedí a cambiar la fecha porque sabía que María era una mujer de agenda.
Como la fecha se había modificado, decidí modificar también la hora, así que en vez de las doce, a las diez y media dejé mi oficina y en una bodega, a donde solo yo tengo acceso, comencé el ritual tal y como se me había indicado. A las once en punto encendí el fósforo con la mano derecha, luego, marqué su nombre con un plumón sobre el listón plateado ya enredado a la vela, acerqué las hojas y las dejé consumir hasta que no quedaron más que cenizas. El humo lo encapsulé en un hermoso frasco que sellé cuidadosamente para conservar el dulce aroma a jazmín que despedían las hojas. Me sentía ridículo en medio de ese bodegón, yo solo, encendiendo velas y recitando conjuros, pero que más podía perder, en el fondo, creyera o no, las cosas no podían cambiar mucho, pensé.
A las siete me presenté puntual al café de la calle de Tamaulipas, el lugar indicado por lo pequeño de sus mesas y lo poco concurrido que esta los martes. María, como es su costumbre, llego después de mí con el tradicional retraso de las mujeres que no les gusta sentarse solas. Cuando la vi, entendí porque no podía dejar de buscarla a pesar de sus innumerables descolones; era una mujer encantadora, carismática y definitivamente atractiva. Nos sentamos de frente y mientras nos preparaban un par de infusiones orientales, le pedí que me diera su opinión sobre una nueva loción que acababa de salir y que por casualidad, la había encontrado. El frasco esta vacío, me dijo seria, sin embargo pretexté que un amigo me lo había obsequiado tras insistirle que debía preguntar a mis amigas si me iría bien. Acercó su rostro al frasco y aspiró con fuerza, como si quisiera mirar el mundo por la nariz. Un par de segundos bastaron para que reconociera que el aroma era débil, dulzón y un tanto afeminado. A partir de ese momento mi mirada no se separo de la suya a la espera de un gesto diferente que me indicara que el hechizo estaba dando resultado. Su expresión no se modificó en absoluto, en cambio me reclamó la declaración de amor que acababa de realizar, e indignada, me dijo que si para eso la había invitado, ya podíamos ir pidiendo la cuenta. Su reacción me dejó mudo, esperaba un efecto más prematuro, me desilusionó darme cuenta que el hechizo no funcionaba y me sentí estúpido por depositar mi confianza en algo tan volátil y no lo digo solo por el humo. Involucrado en semejante declaración, arremetí con fuerza y le confirmé lo que sentía por ella. Su disgusto fue entonces mayúsculo, me dijo que ese tema ya lo habíamos discutido y que si tuviera que salir con alguien, yo no estaba al inicio de la lista, que estaba muy bien sola y que no le iban los compromisos. Me disculpé con ella y le rogué que esperara a que termináramos nuestros tés. Acepto y de trivialidad en trivialidad transcurrieron los minutos sin que su actitud indicara que el embrujo funcionaba. Cansado y desilusionado, nos despedimos con la frialdad acostumbrada, sin quedar para ninguna próxima vez, fue prácticamente una despedida definitiva, tomó mi mano y me agradeció todo lo que había hecho por ella, me dio un abrazo y se alejó hacia su carro sin mirar atrás. Abandoné el café y me metí en un bar para ahogar la decepción.
Una llamada me despertó el jueves por la mañana.
-María, pregunté creyendo que aún soñaba.
-Me da mucha pena despertarte pero no alcance a ver la luz del día para saber si puedes encontrarme hoy, si no puedes dime y quedamos para otro día, insistió.
-Pues déjame ver, dije hipócritamente, lo más seguro es que si, pero no puedo hasta después de las ocho de la noche.
-Si, no importa, es que tenemos que hablar de algo importante.
-¿Importante? Pero es algo grave, pregunté preocupado.
-Para mí sí, pero no quiero adelantarte nada por teléfono, es mejor que nos veamos después y te cuente con calma.
-De acuerdo, nos vemos a las ocho en el “Valentina”.
Ni siquiera su intempestiva invitación o su angustiado tono de voz, tan lejano de lo seguro y seco que había sido siempre, me dejaron alterado, fue sin duda el recuerdo de las sonoras palabras de Doña Tina que, como un veredicto inapelable, dictaban la sentencia de mi falta. Respiré sentado sobre el colchón hasta serenar mi conciencia, deduje que mi preocupación era excesiva y seguí mi día finjiendo amnesia, cuando en realidad mi corazón, como en elevador, subia y bajaba tan alto y bajo, como mis sueños nunca habían llegado.
Cuando llegué al “Valentina”, bar que me gusta por ruidoso y concurrido, María me esperaba en la barra, con un cigarro y una cerveza en la mano. Intenté disculparme, pero me interrumpió diciendo que diez minutos no era nada que hubiera que perdonar. Reímos algo que parecía más bien sonrisa y luego se puso seria. Su mirada buscaba el infinito de sus pies descalzos, hasta que clavó sus ojos en mí como un cuchillo.
-No sé cómo decirte esto, pero voy a empezar por el principio, así que espero seas comprensivo. Sabes que siempre he sido muy esquiva en cuanto a relaciones se refiere, no eres el único que ha intentado convencerme y que he mandado con sus buenas intenciones de regreso, sin embargo creo que he dejado ir compañías muy valiosas esperando a un príncipe azul que, seguramente, perdió el camino a mi corazón. Te aburro, preguntó desviando su mirada a la botella a medio consumir. Un trago largo le dio valor para seguir con el discurso. Después de la última vez que nos vimos, te quedaste tiempo de más en mi cabeza, francamente me confundiste, no puedo explicarte lo que ha sucedido, pero debo admitir que moviste algo en mi; sé que no he sido la mejor compañía, pero espero que aún conserves lo que decías sentir.
-Sabes que no hay ningún rencor, le respondí, y no tengo que decirte lo mucho que significa que me estés diciendo esto.
-Es muy extraño, me dijo tomándome las manos, nunca había tenido la iniciativa y me siento muy vulnerable, confesándote mis problemas de amor.
-Es solo inexperiencia, le aclaré, pero si hay alguien que pueda decirte como, soy yo, y acabé mi trago.
En verdad funciona, pensé mudo de alegría e incierto sobre lo que seguía.
-Bueno creo que ya he hablado de más y es mejor que me vaya antes de que te suplique que intentes salir conmigo, remató.
Mi mano detuvo el vuelo de su brazo izquierdo y me puse de pie al mismo tiempo que ella, dejando mi cara a centímetros de la suya. No tienes porque irte le respondí con la mirada, para entonces mis manos descansaban sobre sus antebrazos y su aliento era prácticamente el aire que respiraba. Resbalamos en un beso profundo y prolongado, mis manos tomaron su talle y dejamos ir los cuerpos en un abrazo dulce y entregado. No había nada más que decir, lo dimos todo por sentado, y volví a besarla, esta vez, para confirmar que sus labios copiaban la linea de los mios.
-Me tengo que ir, dijo esperando a que contuviera la despedida; mañana tengo asuntos pendientes y me levanto temprano, puedes confiar en que de ahora en adelante mi compromiso más importante eres tú.
Reí como un niño y la acompañe a su automóvil a tres cuadras del lugar. Nos hablamos mañana, prometimos solemnemente y se fue en su Clio azul marino por Nuevo León. Caminé a mi carro lleno de euforia, me sentía el rey del mundo, el rey del corazón de María, estaba borracho de emoción y sin embrago, las palabras de Doña Tina se repetían una y otra vez en mi cabeza, así que decidí buscarla, el siguiente sábado por la mañana.
La inmensidad de una ciudad como el Distrito Central, nos hace invisibles y nos vuelve anónimos, ajenos a todo y a todos; sin embargo, hay veces que el destino se empeña en hacernos coincidir. Cuando cruzó Reforma frente a mi automóvil, toqué la bocina para llamar su atención, pero en vez de eso, hice que se alejara con premura. Bajé la ventanilla y le grité a todo pulmón, ¡Pilar!. Ella volteó y se quedó viendo al horizonte tratando de encontrar la voz que había pronunciado su nombre. Aproveché el momento para orillarme junto a una cochera y volví a llamarla, esta vez, con mejor suerte porque corrió a mis brazos con una sonrisa de oreja a oreja. Habían pasado ya un par de años desde su partida y los meses le habían caído bien a su fisonomía. Ya no era aquella niña delgada y frágil, ahora era una mujer completa y llena de vitalidad. Le propuse tomarnos un café, pero solo aceptó que la llevara a la estación Camioneros.
-Te ves más viejo, me dijo acariciando las canas que tengo en la sien derecha.
-Si, las presiones y los desamores, le reclamé. Porque te fuiste así Pilar, le pregunté sin enfado.
-No sé, estaba harta de todo, creo que fui injusta, pero también tuviste mucha culpa.
-Claro que tuve mucha culpa, pero no fue la manera, le advertí.
-¿Y que esperabas que hiciera, que te pidiera permiso? No tuve opción, era una niña y tú nunca quisiste madurar.
-Lo sé, me dije convencido. Y que pasó finalmente con Ana, siguen juntas, le pregunté más por morbo que por verdadero interés.
-Nada, dijo con una mueca chueca, no acabamos bien, la tomé de trampolín, así que cuando quiso poner las cosas serias, salí huyendo igual que contigo, solo fue un escalón para dejarte y no caer en la nada.
-Entiendo, pero al menos tenías recursos para sobrevivir mucho tiempo, le recordé moviendo los dedos contra el pulgar.
-Si, gracias por no denunciar, me hiciste un gran favor, me dijo apenada.
-Y como te iba a denunciar si te amaba, le confesé.
-Me amabas, pero porque no dijiste nada, preguntó azorada, no solo eso, me fuiste infiel hasta con Judith.
-No fue por no amarte, sino porque sentí que no me amabas y añadí que eso ya no importaba. Y a donde te diriges, le pregunté para desviar la conversación.
-Por mi bebe a la guardería, tengo un año viviendo con mi esposo.
Su respuesta me desconcertó, apenas era una niña y ya había resuelto su vida, en cambio yo, seguía con incertidumbres, dando golpes al vacio, sentí pena por mí y no volví a preguntar nada más. Le di un gran abrazo al despedirnos y mi número telefónico a sabiendas que nunca me marcaría. Doblé a la izquierda sobre Acueducto y aceleré impaciente para mi cita con Doña Tina.
-Se acuerda de mí, le pregunté a Doña Tina al llegar.
-Por supuesto joven, le funcionó el hechizo.
-Funcionó mejor de lo que esperaba, pero tengo que preguntarle qué sucedería de no hacerse el día indicado.
En ese momento se puso grave y saco un cuaderno prácticamente desbaratado que leyó en voz baja.
-Si, aquí esta joven, el hechizo tiene un inconveniente, en caso de realizarlo en una fecha diferente, el amor se consumirá con cada “te amo” que usted escuche de sus labios.
Incrédulo, le supliqué que me diera al número de “te amos” necesarios.
-Pues eso depende, dijo muy seria.
-Depende de qué, le imperé angustiado.
-Del día del año en que usted haya hecho el hechizo, aunque sí lo hizo como se lo indiqué no tendrá problemas.
-Y si me equivoque de día y lo hice el once en vez del doce, pregunté cerrando los ojos avergonzado.
-Entonces empiece a contar hacia atrás en el calendario a partir del día del hechizo y pare hasta el primer día el mes de enero, el resultado será el número de “te amos” que usted escuchará antes que el hechizo se desvanezca.
-Y no hay nada que pueda hacer, le pregunté desesperado.
-No, dijo con el semblante desencajado, el hechizo esta hecho, un contra hechizo sería peor y seguramente perdería, de inmediato, el amor que busca.
Asentí con la cabeza y volví sobre mis pasos, titubeante sobre lo que habría de hacer. De mi cartera tomé un calendario y conté los días que habían transcurrido hasta ese maravilloso, pero funesto día. La sentencia marcaba 254, como deseé que ese año fuera bisiesto. Decidí entonces no contarle nada al respecto, si había decidido enamorarse de mí, ya tendría tiempo para desenamorarse de la misma manera, en tanto aprovecharía cada minuto para meterme de inquilino en su corazón.
Los días con María se sucedieron uno tras otro, nuestros encuentros no eran muy frecuentes porque nuestros compromisos de trabajo nos impedían coincidir en una fecha común, así que nuestra siguiente cita fue en su departamento para cenar el viernes de la siguiente semana.
Su departamento era pequeño y tenuemente iluminado por una lámpara de pie que irradiaba una luz discreta y amarilla. En la mesa estaban dispuestos dos cubiertos sobre un mantel café de motivos dorados, al centro había una vela encendida que prometía una velada inolvidable. Me ofrecí a preparar las bebidas y descorché una botella de vino francés que bebimos hasta la mitad sentados en su sillón de piel marrón. Nos besamos cuantas veces deseamos y por poco pasamos de la entrada, al postre, sin tocar el plato principal.
-Te gustan los ravioles, me preguntó abrochándose la blusa que momentos antes desabotonaban mis hábiles dedos escurridizos.
-Si me encantan, le respondí sinceramente -¿tú los preparaste?-.
-Por supuesto, me dijo con ademanes de que no podía caber ninguna otra explicación. Soy experta en comida italiana, pero los ravioles son mi “top”. -¿Tú cocinas?- preguntó burlona.
-Claro, la próxima vez te prepararé mi especialidad, corazones de filete al vino tinto, si no los has probado, no has vivido.
-Pues empieza que se va enfriar, me pidió cortésmente.
Durante la cena hablamos de nuestras vidas, me enteré que hacía un año que no tenía pareja porque la mayoría de los hombres no les gustan los compromisos. También me enteré que tiene un hermano menor y que, aunque guarda una excelente relación con su mamá, se encuentran poco porque ser sobrecargo le absorbe muchos días de la semana.
Déjame hacer la vajilla, le rogué tomado los platos, pero ella tomó primero mi mano y me invitó a conocer, por entero, su departamento.
-Y esta es mi habitación, dijo de frente a mí.
-No me digas, nunca había visto una, al menos, no una tan ordenada, y seguro es ahí donde pasas tus mejores sueños, dije señalando un colchón “queen size” sin tambor.
-Es que me acabo de mudar y es genial para aquellos como yo, que sufren de insomnio por dolores de espalda, deberías probarla, me aconsejo.
-Tú crees, pregunté besando su cuello, mientras ella deshacía sus manos sobre mi camisa Lila.
Hicimos el amor sobre su cama tibia y sin prisas, lentamente fue cayendo todo incluso el pudor de conocernos la piel. Esta vez el tiempo se hizo eterno, de los besos a ser uno y luego a los abrazos tiernos después del sexo; los minutos parecieron detenerse a contemplar envidiosos nuestros juegos enamorados. De pronto, María puso su mentón sobre mi pecho y mirándome a los ojos me disparó un “te amo” que mis dedos no alcanzaron cerrar.
-No me digas que me amas, le exigí.
-porqué no, si te amo, me preguntó ofendida.
-que no me lo digas por favor, le repetí.
-Pues no me importa, te amo, te amo, te amo y grábate que no voy a dejar de decirlo mientras lo sienta.
Solo asentí con la cabeza y le dije que era totalmente correspondido. A las tres de la mañana me levanté y vistiéndome de prisa me preparé para salir.
-Te vas, me preguntó adormilada.
-Sí, mañana tengo cosas que hacer temprano y tengo que dormir un rato.
-Porque no te quedas, que te pegan, peguntó divertida.
-No, tengo permiso, le aclaré lleno de ironía.
-Ya en serio, quédate, me rogó sonriendo.
-Ronco como un tren, le reviré.
-No me importa, yo también.
-Bromeas, con esa carita de ángel, no te creo.
-Como un tractor, te lo juro, me volvio a decir.
-Vaya, le dije sorprendido, menos mal que cuando me duermo, me muero. Me quedaría pero apenas me alcanza el tiempo para ducharme.
-Entiendo, dijo mintiendo.
Luego nos besamos en vez de decirnos “adiós” y salí por la puerta de su habitación. En ese momento supe que la amaba y que era inútil tratar de silenciar la voz del corazón con la razón.
Ese fin de semana quedamos en vernos con dos de sus mejores amigos, Karla y Hugo, en “La Mano Negra” para celebrar el cumpleaños 26 de María. Llegamos cerca de las nueve de la noche, era un jueves de jazz y un grupo interpretaba “Take-five” al fondo del bar. Sus amigos ya nos esperaban sentados con una “Corona” a medio terminar. Por supuesto, pedí mi media de suprema y me integré rápidamente a su conversación que versaba sobre lo esencial que es el amor para la relación. Ante esta afirmación tan contundente, lo único que pude decir es que el amor es ficción. Sus rostros, en particular el de María, se descompusieron tras la blasfemia que acababa de pronunciar. Sin embargo, Arturo apoyó mi opinión.
-Creo que te entiendo, me dijo, y agregó que el amor en el contexto común, es egoísmo y trata de poseer a cualquier costo, el amor destruye, coarta la libertad y es intolerante.
-Pero entonces, no existe el amor para ti, me preguntó María con ojos desorbitados.
-Claro que sí, pero el amor debe ser otra cosa, el amor se llama empatía y no manipula, al contrario, se pone en tus zapatos y te entiende en tus virtudes, pero sobre todo en tus defectos; el amor verdadero, agregué, es una amalgama de conceptos como piedad, libertad, respeto, lealtad y comprensión, finalicé.
-Y la fidelidad entonces, donde queda corazón, me preguntó Karla.
-Pues la fidelidad, en este contexto, es solamente una consecuencia, es una actitud que viene tras darte cuenta que tu pareja es única con respecto a tus expectativas.
-No sabía que pensabas así, me confesó María con una mirada que no se si aprobaba, ó descubría a otra persona en vez de mi.
-Te desilusiono, le pregunté cierto de que no era así.
-No, al contrario, tiene mucho sentido lo que dices, aunque me preocupa que no alcancemos a cubrir nuestras expectativas, deberíamos conocernos mejor, concluyó.
-A mí se me hace que todo eso que dices es puro cuento para poder ponerle el cuerno sin remordimientos Carlos, agregó Hugo, a lo que tuve que responder que tal vez era cierto, pero que no se lo dijera a Maria por lo que más quisiera.
Todo el camino de regreso nos mantuvimos en silencio hasta llegar a su departamento, donde me dijo sin miramientos: -tienes miedo de decirlo- ¿no es así Carlos?”.
-Que te amo, pregunté ingenuamente.
-Exactamente, ó tú crees que creí todo esa linda disertación sobre lo que piensas del amor.
-Lamento que no haya sido así, le respondí enfadado.
-Entonces no estás bromeando, realmente piensas que el amor no existe, me recalcó sabiendo que sus términos eran muy duros para una relación en ciernes.
-Pero eso no significa que no tenga sentimientos, o que piense que lo nuestro sea solamente carnal o pasional. Y le aclaré que sí creía en eso que nos hace sentir mariposas en el estomago, pero que ese sentimiento no nos da derecho a decirle al otro lo que de ahora en adelante tiene que hacer, o dejar de hacer.
Ella permaneció callada unos instantes y simplemente me dijo “te amo” por decimoctava vez.
Sus palabras tenían el sabor agridulce de las fresas, me sabía amado y sentenciado, hubiera preferido que no mencionara nunca esas palabras, pero yo era presa del mismo sentimiento. Esa noche me repitió veinte veces más que me amaba y en cada una, la muralla del desamor comenzó a edificarse.
Confundido decidí tomar consejo de un amigo al cual no veía desde hace tiempo, era un compañero de la infancia que siempre había tenido el tino de indicarme exactamente lo que yo pensaba que no debía hacer. Su semblante había cambiado con los años, diez años mayor que yo, Gonzalo aun conservaba esa apariencia joven de la gente que se sabe inexperta a pesar de tener la sabiduría de las letras y los amores profanos. Me preguntó cuál era el motivo de mi llamada intempestiva y le conté todo desde el principio. No tienes opción, me dijo directo y convencido, creo que debes llegar al final de lo que te has propuesto y asimilar las consecuencias de la estupidez de saberte amado con engaños. Por eso lo estimaba, no daba cuartel.
Harto de la vida en el negocio de señoritas de compañía, decidí coincidir las vacaciones de María con mi cansancio por el trabajo y la invité a pasar unos días en una playa cercana al Distrito Central.
Mi invitación la tomó por sorpresa, pero pronto sugirió una playa lejana, en un rincón escondido del estado de Veracruz. Aunque confieso que prefiero el Pacifico, entendí que lo de menos era el lugar y que lo importante era estar nosotros dos, sin nadie más. Manejamos a cuatro manos, la errática carretera a Puerto Paraíso, que se ubica a 50 kilómetros al sur del Embarcadero Principal. La noche nos cayó de repente, al igual que el cansancio de una jornada agotadora. Después de registrarnos en un pequeño pero hermoso hotel de la provincia de Palo Solo, nos metimos sin cenar en una cómoda e inmensa cama casi tan grande como la playa detrás de la ventana. El calor era intenso pero el sueño fue aún más poderoso y ganó a nuestras ansias de enroscarnos cual enredaderas. Al día siguiente, un rayo de luz tocó mis parpados y acuchilló mis pupilas, que pronto buscaron cobijo junto a su espalda. Fue demasiado tarde, mi sueño había escapado como la noche y ahora me encontraba incomodo en un lecho perfecto. Cuidadosamente me levanté sin testerear a María y me coloqué despacio junto al balcón para admirar la vastedad de ese mar azul grisáceo contenido en un centellear de millones de luces resplandecientes. Volví entonces la vista hacia la cama que aún conservaba mi figura arrugada sobre las sabanas y junto a ella, yacía María con su cuerpo de armiño a medio vestir y sus cabellos desordenados. Era un sol metido en un contorno de sirena, con el rostro fresco y ruborizado, no sé si por calor, ó por un secreto sueño desconocido. Decidí recostarme junto aquella figura esbelta, tomarla por la cintura y recorrer mis dedos sobre su vientre cálido. Un beso en mi mejilla me indicó que había despertado y jugueteamos ligeramente a hacernos daño. Yo también te amo, le dije desvistiendo lo poco que quedaba por cubrir. Con el sol llenando la habitación devoramos al tacto cada gota de sudor que el calor nos provocaba. Nos compenetramos en un sexo que más que eso, fue una lucha pertinaz por complacer el deseo. Nuestras bocas consumieron el prodigio de entendernos carne, perfectibles y vulnerables, hasta que un te amo de una voz abismal, entre cortada e inaudible, selló nuestra pasión matinal.
Y si vamos a desayunar, me sugirió al levantarse para tomar una ducha. Pero si acabamos de hacerlo, o que no eras tú el plato principal, le pregunté pícaramente. Anda que tú me llenas toda, pero mi vientre sigue vacio.
Pasamos la mañana tirados al sol bajo dos palapas y el cielo por espejo, friéndonos al calor del sol y del deseo. Grabé su nombre sobre la arena y ella dibujó una cadena rodeando un corazón.
-Significa que te tengo encadenada.
-No, acotó instantanea, significa que como la arena, estas grabado en mi piel, pero igual que ella te puedes desvanecer.
-¿Si me porto mal?
-Si me eres desleal y si me dejas de amar, concluyó.
La noche nos regaló una cena maravillosa y un baile sobre la arena con la música de las estrellas. Volvimos a hacer el amor, pero ahora, sobre una roca dura y fría que sirvió de cama vertical, donde encarcelamos a María. Con la madrugada llenando mis pulmones emborraché su equilibrio con mil vueltas que a punto estuvieron de tirarme a mí también. Su risa inundaba la noche como la marea que ensordecía el silencio al chocar contra la playa.
-Quítate la ropa, le supliqué.
-Aquí en la playa no podría ni bebida.
-Pues me la quito yo, le dije seguro que su vestido imitaría mi camisa y luego mi pantalón.
-Lo has hecho en el mar, le pregunté con un guiño.
-Siempre hay una primera vez, me respondió con la misma sonrisa cómplice de quien sabe que es lo prohibido.
Un helado mar nos recibió hostil y con el agua como frazada, tomé los arrecifes de sus muslos y navegamos sobre las olas, sin prisa y a la deriva. Todo era un caos y un festival, yo agua, ella total inundación y el mar, salado solvente de nuestros cuerpos desgastados y agotados.
El domingo nos levantamos temprano y tomamos la carretera de regreso alrededor del medio día. En el camino el tema de mi trabajo, salió como si una piedra se hubiera desgajado de improviso.
-¿Cómo puedes hacer eso Carlos?
-Solo no te duermas y no dejes de tomar firmemente el volante.
-No me refiero a conducir, te estoy hablando de tu trabajo.
-Pues no tiene nada de malo.
-Tampoco nada de bueno, o me vas a decir que regentear prostitutas es muy honorable.
-Para empezar no son prostitutas, son chicas de compañía.
-De compañía pero para la cama.
-Dicho así suena denigrante.
-Dicho de cualquier modo suena deleznable. Perdona que me meta, pero por lucrativo que sea, ¿te piensas dedicar a eso toda tu vida?
Esta conversación detonó la idea de retirarme del negocio, había pasado por un proceso de redescubrimiento de mí y ya no sentía la misma convicción de hacer algo que, bien a bien, nunca supe porque lo hacía. Ante tales circunstancias decidí promover el negocio entre gente del medio, que desde la muerte de mi padre me había pedido los derechos. Vendí en una suma suficiente, e invertí la mitad en un asunto de bienes raíces que a la larga resultó un negocio muy lucrativo. Adquirí también un restauran con la idea de ocuparme en algo y desarrollar por fin mi vena culinaria. El lugar era pequeño pero muy bien ubicado y me ofrecía la oportunidad de empezar en un negocio, del cual no sabía absolutamente nada, pero del que me interesaba completamente todo. El día que anuncié que el negocio estaba consumado y que a partir de ese día los dueños eran otros, todos mis empleados vinieron a abrazarme y a decirme que si me iba, ellos renunciaban. Yo les dije que no era para tanto y que se sintieran tranquilos porque no habría liquidaciones. Dafne fue la única en acercarse con un llanto sincero que humedecía su llamativa bata de satín. Lamento que te vayas, apenas tengo 3 meses aquí y me hubiera gustado conocerte mejor, por favor llámame si tienes un problema o no encuentras alguien con quien salir. Le agradecí la atención de sus palabras y me despedí con un abrazo interminable. Cuídese mucho, me alcanzaron a decir los demás cuando llegaron los nuevos dueños a tomar posesión de las instalaciones. Inmediatamente cogí el teléfono y me comuniqué con María.
-Ya esta, le grité al oído.
-¿Ya esta qué?
-Hoy finiquité el negocio de mi papa.
-¿Por qué no me habías dicho?
-Quería darte la sorpresa
-¿Y ahora de qué vas a vivir?
-Pensaba en que me mantuvieras.
-Pues múdate conmigo cuando quieras, pero la limpieza y las compras van por tu cuenta.
-No esperaba menos, ahora tengo que colgar, después te marco.
Para ese momento nuestra situación no podía estar mejor, el cariño que sentía por ella me había transformado por completo, ahora era un hombre nuevo, más seguro de lo que buscaba, más maduro. Ella era conmigo una pareja totalmente entregada, alegre, ardiente, solidaria, amorosa y comprensiva, única entre las excepciones. El día que me invitó a cenar a casa de sus papas, no me tomó por sorpresa, era la siguiente etapa en el proceso de maduración de nuestra relación. Mi situación me había hecho olvidar completamente el hechizo que amenazaba con separarnos. Había tenido el cuidado de llevar minuciosamente la cuenta y me alarmó confirmar que estábamos cerca del final. Para cuando nos vimos en casa de sus papas, apenas nos quedaban cinco.
La casa de los padres de María se ubica dentro de un conjunto residencial al norte de la cuidad. De dos plantas, su casa era más bien un residencia de corte conservador, con mobiliario de maderas finas y telas con visos de terciopelo. La sobriedad del interior coincidía perfectamente con la presencia de los padres de mi amada. Entrados en los cincuentas, sus padres parecían sacados de un cuento de la edad media. Su padre tenía un semblante adusto. De ligera sonrisa y ojos sumamente azules, lucía una barba entre cana con un bigote completamente negro. Su uno setenta y ocho imponía aún más con la corpulencia de un hombre de alrededor de ochenta kilos de peso. Su madre, en cambio, era ligera, aunque no frágil, de la misma estatura de María, elegante y distinguida, casi rayando en la pedantería. Ambas compartían el mismo perfil y ese aire que tienen algunas personas que las hace flotar, en vez de caminar.
-Bebes, me preguntó el señor Cancino mientras preparaba un whisky doble en las rocas.
-Sí y mucho, pensé en responderle, pero solo pude asentir con la cabeza, al tiempo que agradecía el fino y ancho vaso de cristal cortado de Babaria.
-Ponte cómodo y cuéntame un poco más de ti, que María apenas suelta prenda cuando entras en la conversación.
-¡Ay! Antonio, ya vas a empezar, reclamó su esposa desde la cocina.
-Pues no hay mucho que contar señor Cancino, hasta hace unos días era empresario, pero acabo de vender el negocio y puede decirse que estoy oficialmente desempleado.
-Y de que era tu negocio, me preguntó intrigado.
A la distancia, María me silenció con la mirada; ya me había advertido que sus papas no eran personas de ideas modernas y que su estilo era más bien conservador, con fuerte apego a las tradiciones familiares.
-Es una agencia de publicidad que contrata edecanes para eventos importantes, le dije mintiendo un poco.
-Y porqué la vendiste, volvió a preguntar, qué ya no era tan buen negocio.
-Las ganancias habían disminuido considerablemente a causa de la competencia, pero no fue eso lo que me decidió a vender, en realidad, le dije, quiero dedicarme a los bienes raíces y a la restauración.
-Pues te felicito, me dijo levantando su vaso por encima del hombro y brindó por el éxito de mis futuros negocios.
-¡Vaya María! hasta que te agarraste uno bueno, dijo un chico como de veintitantos que bajaba a brincos la escalera.
-Roberto, él es Carlos, mi novio, Carlos él es Roberto, mi hermano y un idiota como ya te habrás dado cuenta.
-A cenar, grito su mamá terminando la discusión.
Su hermano era una mezcla extraña de ambos padres, cinco años más chico que María, daba la impresión de ser una persona a la que le cuesta trabajo entender porqué, para algunos, la vida les resulta más complicada. La cena transcurrió de manera natural con los acostumbrados inconvenientes de juntar personas con intereses encontrados, sus padres deseando lo mejor para su hija y yo deseandola a ella.
-Y que piensas del matrimonio, me preguntó la señora, a quema-ropa, aprovechando el hecho de que en ese momento, María tenía una revista cuyo tema era la boda de un artista conocido.
-Pues que está muy bien para quien así lo deseé, respondí.
María y yo ya habíamos hablado de matrimonio y habíamos llegado a la conclusión de que lo mejor era vivir juntos un tiempo para confirmar que nuestra relación podía aspirar a cosas importantes. Sin embrago mi respuesta no fue lo que ella esperaba, y evidentemente molesta se dirigió a María.
-Por cierto, te habló Eduardo Saldaña para saber cómo estabas y le di tu número de celular para que se pusiera en contacto, le dijo su madre.
-Cómo pudiste, le reclamó María, sabes que es la última persona que quiero ver. Sabes algo, creo que nos vamos.
-Estás segura, le pregunté avergonzado por el exabrupto.
-Si, no es la primera vez, me respondió jalándome del brazo.
De camino a casa le pregunté por Eduardo ya que de él, nunca había hablado. Eduardo, me dijo, fue mi último novio antes de ti y una persona que en serio me hirió.
-¿Porque fue tan importante? - le insistí.
-Porque estuve a punto de casarme con él.
-¿Y porque nunca me has contado?- le reclamé
-Porque quería olvidarlo.
-¿Por qué no se casaron?
-Porque canceló una semana antes de la boda.
-¿Por qué?
-Porque no estaba seguro de sus sentimientos y no estaba dispuesto a negociar su libertad.
-¿Y cómo lo tomaste?
-¿Cómo te imaginas que lo tomé?
-¿Lo amabas?
-Si
-¿Lo amas?
-No, dijo tajante. ¿Porque me preguntas eso?
-Porque debe ser alguien muy importante para que hasta la fecha no me hayas contado nada, le dije sintiéndome traicionado.
-¿Y qué te iba a contar? Me preguntó en un grito. Que me dejaron plantada, que fui humillada y el hazmerreír de muchos que decían ser mis amigos. Además, como te atreves a preguntarme si aún lo amo, ¿Qué no te ha quedado claro lo que siento por ti? Carlos me desconciertas y sinceramente no tengo ganas de seguir así, si tienes dudas, prefiero que pienses mejor porque quieres estar conmigo.
-Pues quizás no te conozco María, tal vez eres solo un espejismo ó un hechizo.
-Pues muy bien Carlos, tu lo decidiste, tomate el tiempo que quieras, porque no volveré a buscarte aunque te amo.
Ese último “te amo” se escurrió entre sus labios con la misma ligereza con las que pronunció los anteriores. Conocía de antemano las palabras de Doña Tina y en ese momento intuí que era inútil discutir. Un frío desconocido invadió mi cuerpo y en su mirada un brillo se apagó de repente.
Me voy, dije fingiendo indiferencia y volví mis pasos en dirección contraria, convencido de que si tuviera que vivir lo mismo, lo haría de la misma manera. No había caminado ni quince pasos cuando un figurilla menuda, del otro lado de la acera, grito mi nombre. Carlos, dijo la misma voz aguda, que me hizo voltear de inmediato. Era María que me miraba, seguramente desde hacía un buen rato. Atravesé la avenida en tres pasos y me plante frente a ella.
-Eres un idiota, que parte de “te amo” no terminaste de entender, me reclamó sonriendo.
En ese momento tomó mi cara con sus manos pequeñas y me repitió mil veces más que me amaba, mientras picoteaba mi boca con sus labios de gorrión. Ya no había duda, ni espacio para el error, el numero de “te amos” no importaba, lo que ella sentía era tan verdadero, como lo que yo experimentaba, en verdad era de mi de quien se había enamorado.
-Porque me dejaste ir le pregunté exaltado.
-Porque esperaba que entendieras que te amaba y quería que tuvieras el valor de reconocerlo, a pesar de que pensabas que no eras capaz, por ti mismo, de alcanzarlo.
-¿Cómo? no entiendo, dije confundido.
-Lo sé todo, dijo con una sonrisa victoriosa.
-Lo del hechizo, pregunté incrédulo.
-Sí.
-Pero, ¿cómo?
-Después de un tiempo de ver lo que anotabas, caí en la cuenta de que algo traías entre manos y no fue difícil averiguar lo que hacías.
-Y porqué no me dijiste, le reclamé ofuscado por un sentimiento mezcla de felicidad y vergüenza.
-Porque era divertido verte haciendo cuentas y evitando las ocasiones para que te dijera que te amaba, me divertía hacerte sufrir y cuando te portabas mal, te los decía con más frecuencia.
-Eres de lo peor, pero reconozco que me lo merezco por tener tan poca confianza en mí.
-Dime una cosa, añadí, porque decidiste llamarme aquel día despues de haberme dicho primero que no.
-Fue porque me sentía muy sola y porque decidí darme la oportunidad de conocer a alguien diferente.
-Te odio, le aseguré tomándola entre mis brazos.
-Si lo sé y nunca más vuelvas intentar hechizarme, a menos que sea con tus labios que me vuelven loca.
Cuando volví, la semana siguiente, a visitar el puesto de Doña Tina para contarle como había terminado mí historia y agradecerle su intervención, me encontré con un espacio vacío que tenía un letrero que anunciaba que el local se traspasaba. Intrigado le pregunté al dependiente del puesto contiguo por la señora Tina, y solo me indicó que aquel puesto llevaba más de tres años desocupado tras la muerte de la señora.

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