martes, 16 de agosto de 2011

En tu cuerpo (novela corta)


I


Mi cabeza rebota contra los fugaces recuerdos de la fiesta de ayer en casa de Sergio, el novio de Fabiola. La resaca me está matando, soy prácticamente un tronco seco y mi boca un desierto erosionado por la ausencia de humedad. Ya van tres veces que timbra el celular, y las mismas tres que no alcanzo a contestar. Cuando decido incorporarme, un martilleo constante en la sien me lanza debajo de la almohada. Juro que no vuelvo a tomar, me digo arrepentido de las dos botellas de vodka que resbalamos alegremente, la noche de anoche, para festejar su cumpleaños veintitrés. El dolor cede lentamente, bajo una espesa bruma de cansancio que anestesia al cincel que destruye mis pensamientos. Ahora todo es más claro, me veo en mis humores, rodeado de tabaco y bailando algo que suena a Dady-Yankee, pero que podría haber sido cualquier cosa. Ahogado de arándano, recuerdo que Fabiola me grita algo ininteligible, un eco chillón que logro dragar del fondo de mi mente. Entonces recuerdo lo que hablamos, insiste en que un hombre, no se preocupa por la edad, es más independiente y no se siente obligado a gustar. De la nada me hace una apuesta imposible, a que no te atreves a vivir mi vida un día. A que tú no puedes con la mía, le respondo trastabillando las palabras. Es más, agrega, te voy a demostrar que ser chico es más fácil que ser chica. ¡Uy! que miedo, le digo temblando las manos. Y cómo le vas hacer para ser yo y que yo sea tú, le pregunto burlón y divertido. Tú no te preocupes que te vas a enterar muy pronto, me amenaza dándome un beso fugaz sobre los labios.

El recuerdo de las palabras de Fabiola me arranca una sonrisa chueca y me anima a ponerme de pie por segunda vez. No pienso en encender la luz, así que a tientas me escurro hasta el baño para hacer “pis”. Pero que carajos, me digo, convencido de que debe haber un error, pongo en “on” el apagador y constato, con el pijama en las rodillas, que solo quedan vellos donde antes hubo un sexo. Me hice de pie, sobre mis piernas lampiñas. De frente al espejo, mi razón no da crédito a la imagen que veo, Fabiola me mira azorada desde mi reflejo. Me saco la blusa y constato sus senos morenos, erectos a causa del frio mortal de no reconocerme. ¡Puta Madre! grito de impotencia honesta. Y ahora que hago, me pregunto convencido de que ya valió madres. Todo bien Santiago, grita mamá desde el pasillo. Si, responde una voz aguda que me silencia inmediatamente. Seguro “Santi”, insiste Cecilia usando un sobre-nombre que sabe que no me gusta. Si, respondo engrosando una voz que me resulta falsa y afeminada. Pues tapate, porque creo que te estás resfriando, me exige antes de intentar abrir la puerta. Ni entres, le ordeno con el pretexto de que no estoy vestido. Sentado sobre la orilla de la cama, veo tintinear la luz roja del celular que me indica las mil llamadas perdidas que Fabiola ha marcado para saber si no me he suicidado. Sin salir de mi estupor, abro la llave del agua caliente y me sumerjo bajo una cascada hirviente de preguntas sin responder, qué va ser ahora de mi vida, qué le voy a decir a mis amigos, cómo puedo buscar a Andrea, cómo diablos voy a presentarme a clases. La sola idea de confesarlo me pone la carne de gallina, ¿quién me creería? Me van a tomar por loco. No tengo otra opción que buscar a Fabiola y entre los dos encontrar una estrategia que mantenga nuestras vidas a flote. Así que sin pensar más, tomo mi bata azul y domo mi cabello nuevo, con una dona que Andrea dejó sobre el buró. De mi ropa tomo un par de pantalones que por su talla hacía tiempo que no me entraban y me entallo una playera corta. Como puedo, me escabullo en el cuarto de Caro y de entre varios pares, elijo unos tenis wipes del tres, que me quedan de diez. Por fortuna todos duermen y la calle está desierta. Así que bajo al garaje y me meto a un pointer que me queda enorme, sus espejos están muy abiertos y los pedales demasiado lejos.

Como la casa de Fabiola no está muy lejos, antes de marchar le marco a su celular para advertirle de mi próxima visita. Una voz ronca, aunque igualmente dulce, me contesta por mi nombre. Santiago, qué nos ha pasado, cómo pudo suceder algo así, pregunta el pánico que la ha hecho presa. No te preocupes, le digo preocupado, ya encontraremos la forma de arreglarlo. Cinco semáforos después me planto en frente de su departamento.  Advertida por mi llamada, Fabiola me espera con una bata rosa, de pie bajo la entrada del edificio B. Es imposible, me digo viéndome como si fuera un espejo. Ella soy yo, solo que con ademanes exagerados. Es impresionante verse a sí mismo en el cuerpo de alguien más. Sin perder tiempo en cortesías redundantes, subimos a brincos los dos pisos y nos metemos directo hasta su dormitorio.

-Te traje unos pantalones y algunas camisas para que elijas, le digo lanzando la ropa sobre su cama.
-Gracias, pensé que no te acordarías; yo también he separado ropa por si te quieres cambiar.
-No, antes tenemos que hablar, me atajó sin titubeos. Por cierto, te ves nefasto con esos pantalones y esa playera cabaretera, además, se nota que tienes frio, me dice con sorna. Anda ponte estos jeans y cámbiate la playera por esta blusa que me compré ayer.
-Tú no puedes recriminarme nada, le reclamo, porque es culpa tuya que estemos así. No sé lo que hayas hecho, pero te exijo que lo reviertas y que de alguna manera, mañana volvamos a la normalidad.
-No puedo Santiago, llevo una hora intentando todo.
-¿Cómo que no puedes? Le digo sujetando con fuerza sus brazos grandes, con mis manos de niña. Pues ¿Qué hiciste? Le insisto recordando, de pronto, que ahora ella es más fuerte que yo.
-Nada, solo pensé en eso y lo pedí como un deseo.
-Estas enferma. Y ¿Por qué dices que no lo puedes revertir Fabi?
-Porque no sabía que podía funcionar.
-Pues vuelve a concentrarte y pide ser quien antes eras, haz algo, devuélveme mi vida.
-Ya te dije que lo intenté, pero no ha pasado nada. Además, tú estuviste de acuerdo.
-Pero porque pensé que estabas jugando. Y ahora ¿qué hacemos?
-Pues esperar y tratar de adaptarnos lo mejor que podamos.
-Y ¿cómo? Le pregunto incrédulo.
-Creo que lo mejor es que tú te quedes en mi casa y yo me vaya a la tuya.
-¿Así de fácil?
-Sí, o ¿crees que en tu casa te van a recibir así?
-Pues si pretendes ser Santiago, tienes que cambiar un par de cosas, le digo con un tono que más que aconsejar, amenazaba. En primer lugar, deja de hablar en femenino, en segundo lugar, olvida todos esos ademanes y no grites tanto cuando te emociones.
-¿algo más?
-Sí, habla lo menos posible, con monosílabos de preferencia, y esmérate con Andrea, que me costó mucho trabajo que saliera conmigo.
-Un momento, me dice enseñándome la palma de su mano, una cosa es que me haga pasar por ti con tu familia y tus amigos de la universidad y otra muy diferente que salga con esa chica que ya sabes que no nos llevamos bien; o ¿ Acaso piensas salir con Sergio?
-Pues no, le dijo luego de una sincera mueca de desagrado. Pero ¿tienes una mejor idea?
-Terminarlos.
-Imposible, no hay motivos, le dijo pensando en que nos va a salir más caro el caldo que las albóndigas. Además, Andrea no me lo perdonaría, le partiría el corazón. No, hay que pensar en otra cosa, le suplico.
-Te escucho, me dice Fabiola sentándose en flor de loto sobre el edredón de colores que cubre su cama de princesa.
-Podríamos evitar encontrarlos hasta que el hechizo se desvanezca
-Y ¿Si no desaparece pronto? Me vuelve a preguntar inquisitivamente.
-Inventar pretextos para no intimar con ellos.
-No creo que resulte, me dice moviendo la cabeza, pero podemos intentarlo.

Un largo silencio se apoderó de la habitación, tiempo que me sirvió para mirar mi nuevo cuarto. Me imaginaba un lugar más cursi, sin embargo había una sobriedad extraña, entre afiches de cantantes de pop, peluches desacomodados y ropa regada por doquier.

-Si ya terminaste lo que me querías decir, yo también necesito solicitarte un par de cosas mientras estés en mi cuerpo, me dice Fabiola tomando me las manos.
-Lo que quieras.
-Modera tus modales, deja de hablar con groserías, no quiero que te vistas con mis amigas, ni que cuentes lo que ellas puedan confiarte. Por lo que más quieras, deja de mirar a las mujeres como lo sueles hacer, que si como hombre es criticable, como Fabiola es espeluznante.
-Si yo nunca hago eso, replico molesto al ser descubierto.
-Claro que si, y espera que aún no he terminado. Si vas a ser yo, añade Fabiola, tienes que cuidar mi imagen, no puedes andar por la calle hecho una facha. Te ruego que antes de salir a cualquier lugar, trates de lucir impecable.
-Esto te va a salir caro, la amenazo con un peine en la mano que tomé del tocador.
-Te dije que mi vida era más complicada.
-Pues necesito que me hagas un manual de lo que debo utilizar y cómo debo combinar. Si no, te juro que me pongo lo primero que salga por la puerta del armario.
-Descuida, ya lo tengo hecho, por ejemplo, este vestido Lila.
-¿Lila? La interrumpo.
-Sí, es uno de mis favoritos.
-Además está demasiado corto, le digo aventándolo a su cara.
-Pues cuando me lo ponía, no te disgustaba. O piensas que no me daba cuenta que me mirabas cuando Sergio se volteaba.
-Touché. Le digo tocándome el corazón. Justamente por eso, porque sé cómo te mirábamos y odio ser ahora el blanco.
-Es más, insiste burlona, póntelo con estos zapatos altos, se te va a ver divino.
-Estás loca si piensas que me voy a poner algo así.
-Ándale chiquita, te vas a ver bien mamita, me dice Fabiola con un tono lascivo e irrespetuoso que sonó muy yo.
-Vete al carajo, le digo enfadado.
-No, mejor tú vete acostumbrando y rasurando.
-¿Es necesario?
-Por supuesto que sí, de dos a tres veces a la semana, los rastrillos están en el tercer cajón junto a la tina.
-Al menos en eso si te las vas a ver peor que yo, le digo ganador de una batalla donde llevo las de perder.
-¿Por qué? Me dice contrariada.
-Porque tú tienes que rasurarte todos los días la barba y el bigote.
-¿Y también puedo rasurarme tus tres pelos que tienes en el pecho y los de las axilas?
-Ni se te ocurra, es muy varonil, le digo seguro de conocer lo que un hombre es.
-Es muy “padrote”, me responde igualmente segura de lo que un hombre debería ser. Pero descuida que los que en verdad me preocupan son los de las axilas, des esos ya puedes irte despidiendo. Por cierto, ¿hay algo de tu indumentaria que quieras aconsejarme Santiago?
-No, puedes ponerte lo que quieras de mi armario, y si compras algo, que no sea lila, ni amarillo, o peor, naranja.
-¿Rosa? Dice bromeando.
-Ni en tu peor pesadilla.

Quedamos entonces de escribir, cada uno por su cuenta, un instructivo con la descripción de los amigos, los pendientes, los empleos, las materias de la escuela y de cómo nos llevamos con la familia. De momento, nos apuramos en contarnos las actividades de ese día y quedamos en llamarnos en la noche para contarnos todo y asesorarnos.

Con las llaves del coche en la mano, le entregué mi vida y me quedé solo y petrificado por el temor de empezar una jornada desconocida.



II

Su día era simple, asistir a la facultad por la mañana y luego por la tarde presentarse al despacho Weiss y Asociados para trabajar de 2 a 8 y esperar a Sergio, su boleto a casa. No hay problema me dije convencido de que sería una jornada sin contratiempos.

Debo cerrar las piernas al sentarme y no decir malas palabras, me repetía una y otra vez de camino a la universidad. Me estacioné de un solo movimiento, cosa que desconcertó a más de dos, y caminé seguro y sin titubear hasta el edificio G, cede de los estudiantes de séptimo semestre de leyes.

Fabiola tuvo a bien en hablarme de sus compañeras de clase, uno por uno, me fue describiendo de ellos sus mejores defectos y sus peores cualidades. Entré al salón 206 y ubiqué perfectamente donde se encontraban sentados aquella bola de pillos, que decían llamarse sus amigos. Alonso fue el primero en acercarse y saludarme con un piropo estúpido y un beso mandado, al que correspondí con un accidental pisotón cordial. Los demás también desfilaron, aunque más mesurados, junto con las niñas que, como de costumbre, besaron el aire. La mejor amiga de Fabiola me tomó de la mano y me arrastró hasta el tocador.  El sanitario estaba vacío, así que pudo hablar con total franqueza.

-Alonso se pasa, mira que saludarte así.
-Sí, es un descarado, le dije recordando la de veces que se han de haber quejado por lo mismo de mí.
-¿Me prestas una toalla?
-¿intima?
-No wey, de baño; claro que sí, ¿no recuerdas que usamos las mismas? Me reclamó riendo.
Le acerqué una pequeña bolsa rosada que saqué torpemente de mi bolso y desapareció tras la puerta del wc.
-Te pasa algo, me preguntó con un tono confundido por mi actitud.
-No, porqué, le pregunté temeroso de verme descubierto.
-Te veo rara, como distraída, ¿Tienes algún problema?, ¿Estás embarazada?
-Ni lo quiera Dios, le dije rogando que ni por casualidad me fuera a pasar.

Cuando salió del sanitario miró su escoté que acomodo provocativamente y dio un retoque a sus insípidos labios delgados.

Las clases pasaron sin incidentes pero alcancé a notar un ligero cuchicheo entre mis amigos cada vez que participaba. A las dos me despedí de todos y salí corriendo al despacho que quedaba a 20 minutos de ahí. No tardé mucho pero ya me esperaban.

-Señorita Fernández, ya vio usted la hora que es, me reclamó un vejete rechoncho y rosado que identifiqué como el Licenciado González, mi jefe.
-Había mucho tráfico, le respondí sincero, tal y como me lo había aconsejado Fabiola.

Fabiola se ocupa de muchas labores administrativas y del archivo del bufete. Su actividad principal consistía en armar los expedientes de los casos que el Director le iba solicitando. Aún si su trabajo no era exageradamente demandante, era muy importante y requería de su entera concentración para evitar traspapelar un documento que luego hubiera que presentar ante el juzgado.  Estaba reconociendo el último expediente del que Fabiola se había hecho responsable cuando un “mi amor” rompió su atención. No había acabado de voltear a ver la procedencia de la voz, cuando unos labios tocaron la comisura de los suyos.

-¿Qué te pasa animal? le reclamé con un aventón sin fuerzas.
-Uy! Que reina estas hoy muñeca, ¿Porqué te esponjas “amor”?
-¿Oscar? Le pregunté reconociendo una borrosa foto de celular que Fabiola me había mostrado la noche anterior.
-Claro, o ¿A quién esperabas? Me preguntó riendo.
-Eres un idiota.
-Pues el sábado pensabas otra cosa.
-No sé de qué me estás hablando, le dije a Oscar, maldiciendo a Fabiola por no habérmelo contado.
-Así de mal te pusiste que no recuerdas lo que hicimos antes de llegar a tu departamento.
-Eso no es cierto.
-Ahorita le preguntamos a quien quieras.

Desgraciada pensé en ese momento, le está poniendo el cuerno a mi mejor amigo, y a mí solo me dijo la mitad. Pero me va a oír pensé, al tiempo que marcaba su número por celular.

-Diga.
-Eres una cabrona, ¿Por qué no me dijiste lo de Oscar? ¿Pensaste que no me iba a enterar?
-Mira, cálmate, luego te explico.
-Me explicas ni madres, ahorita mismo le hablo a Sergio y le cuento tus puterías.
-De acuerdo, cuéntale, quiero ver que lo hagas, ándale, confiésale todo para que te entre a palos, o ¿A poco crees que va a tragarse la historia de que cambiamos de cuerpo? Además yo también te tengo  un par de cosas guardadas que hablaremos hoy en la noche.

Una marea de furia inundo mi cabeza, pero sabía que ella tenía razón, así que solté el teléfono sin llamar a Sergio.

Este llegó por mí a la oficina a las siete y media y salí corriendo al encuentro de mi mejor amigo.

-Qué te pasa, me preguntó a bocajarro.
-Nada wey, solo me duele la cabeza le respondí ladeándola para que su beso fallará en mi mejilla.
-Porqué estás tan fría, volvió a insistir poniendo su mano en mis rodillas.
-No sé, cosas de niñas.
-Bueno, no insistiré, lo importante ahora es pasar a tu casa porque tengo todo listo para nuestra salida a Cuernavaca, vas a ver que el hotel te va a encantar.
-¿Hotel?, ¿Tu y yo solos?
-Sí, ¿Por? ¿Hay algún problema?
-No es eso, es que no creo que podamos hacer nada.
-¿Nada? ¿Por qué?
-Andrés
-No me digas que…….. Pero si lo venimos planeando desde hace meses y te acaba de bajar hace dos semanas.
-Lo sé, yo tampoco entiendo a mi cuerpo, pero ¿qué puedo hacer? Esto llega sin avisar. Creo que es mejor cancelar.

Sin mediar palabra Sergio aceleró de mala gana el Beattle que le habían regalado sus papás el año pasado y me dejó frente a mi casa en menos tiempo de lo imaginado.

-No me invitas a pasar, me preguntó sobándome el muslo hasta mi mano que cruzaba mi entre-pierna.
-Sabes que no están mis papas y alguien les puede contar.
-Pues seguro que algo se nos va ocurrir Fabi, dijo posando descaradamente, su mano entre sus piernas. Sentí repulsión y solo atiné a decir que no estaba de humor para  sus porquerías. De mala gana salió del automóvil y me abrió la puerta con una caballerosidad que desconocía en él.  Antes de dejarme, supe perfectamente que lo que venía era inevitable. En automático acercó su boca a mi cara, y me besó hasta que un mordisco en su labio inferior, pudo alejarlo de mí. He de admitir que me sorprendió mi reacción, ya que mi cuerpo inconscientemente consintió con agrado ese besuqueó indeseado. Un sentimiento mezcla de asco y deseo me hizo correr a mi casa intentando huir, sino de Sergio, si de mí. En casa con calma, me pregunté sobre lo que había pasado; si yo jamás he tenido tendencias "homo" y mucho menos con Sergio. Cavilaba entre estos funestos pensamientos cuando llamó Fabiola.

-¿Cómo estas Fabi? Preguntó una voz ronca y socarrona
-Mal y ¿tú?
-Mejor que tú. No cabe duda que ser hombre es más fácil de lo que me imaginaba.

Me quedé perplejo, cómo se atreve, me dije apretando los dientes. Encima que me jode, lo disfruta. Sin embargo, con mejor tono le pregunté ¿Por qué?

No tardó mucho en contarme lo bien que se había adaptado a su nuevo rol, mis amigos le habían parecido de lo más agradable, cuando antes no los podía ni ver; le había encantado mear de pie y sentarse a horcajadas  sobre el barandal. Cuando le pedí la reseña de lo que sucedió con mi novia, su respuesta no pudo ser más desconcertante; “tu nena es una bomba”, te lo juro Santiago, me dijo susurrando, poco faltó para que….. Pero antes de que pudiera terminar su frase, le grité un “ok, ok, ya entendí” que detuvo lo que ya había adivinado. Me moría de celos, porque aunque era claro que para Andrea era yo, en realidad me estaban poniendo el cuerno en mis narices y además lo estaban disfrutando.

Cuando a mí me tocó el turno de ponerla al tanto, despepité cuanto pude contra sus amigos manos largas y contra  Oscar con el que le ponía el cuerno a Sergio.

-¿Te tocó Sergio, por cierto? Me preguntó de inmediato.
-Si lo intentó, parece que hoy salían a Cuerna, ¿no?
-Es verdad, lo había olvidado. Oye y ¿Te gustó?
-¿Qué?
-TÚ sabes que, no te hagas.
-Pues no hubo oportunidad, porque le dije que me acababa de bajar.
-Tonta, si me bajó hace dos semanas, y ¿Te creyó?
-Todo, hasta canceló el viaje.
-No cabe duda que los hombres son unos idiotas, se creen todo lo que les dicen. Y añadió, pues te advierto que ese pretexto no te va a durar para toda la vida, así que vete buscando unos mejores o de plano ya aflójale, porque en una de esas nos va a comenzar a engañar.

Como no creí todo lo que Fabiola me había contado, recurrí a uno de mis mejores amigos de la universidad y otro de los muchos enamorados de Fabiola.

-Fabiola, que sorpresa, me encanta escucharte.
-A mi también Arturo, mira, no sé si pueda confiarte esto, pero necesito de un amigo discreto ¿Puedo contar contigo?
-Pídeme lo que quieras Fabi, no te preocupes por eso, en serio soy de lo más fiable, cuéntame.
-Gracias Arturo, es que desde hace tiempo Sergio y yo tenemos problemas y no le puedo preguntar a Santiago porque es su mejor amigo.
-Sabes que soy una tumba, pregúntame lo que quieras.
-Pues mira, ¿has visto algún comportamiento extraño de Sergio?
-A decir verdad, no he visto nada, aunque el que sí ha estado extraño es Santiago, particularmente con tu novio, demasiado amigable.
-¿Amigable? No entiendo.
-Sí, como que se ha pasado de abrazos, no sé, demasiado toqueteo para que sea normal, se pasaron el día juntos y casi hasta de beso se despiden.
-Ah ¿Sí? Cuéntame más.
-La verdad de Sergio si me sorprende, pero de Santiago, no me extraña, siempre hemos dicho que es muy “especial”.
-Un molesto “especial” salió de mi afinadísima garganta sin controlarlo.
-Sí, "gay" para que me entiendas
En ese momento, trague saliva y ahogue una mentada de madre para volverle preguntar por qué.
-Es que es muy "delicadito" y de no ser por Andrea, no le conocemos ninguna otra chava con la que haya salido.

Andrea era famosa por dos cosas diametralmente opuestas, si bien era guapa e inteligente, también tenía un aire de auto-confianza que la hacía parecer un poco niño.

-Además agregó, solo un gay no se tiraría a Pamela que se le ofrece en cada ocasión que puede.
-Pues será que respeta mucho a su novia.
-¿A eso le llamas novia? No juegues Fabi, si Andrea es más rudo que él.
-Te la compro Sergio, dije pensando en que en el fondo tenía razón, era muy evidente. Y agregué, ¿Has visto algo más?
-De no ser por una playera rosa que no sé de qué desfile gay fue a sacar.
-¿Me lo juras?
-Fue la botana de hoy Fabi.
-Pues muchas gracias Arturo, la verdad no sabía, dije mintiendo, que fueras tan buen amigo y espero que la siguiente vez que hablemos sea mejor en un café y no por teléfono, cuídate.
-Cuando quieras, ya sabes que estoy para lo que necesites, dijo el perro.

Inmediatamente que colgué con Sergio, llamé a Andrea, mi novia, con el pretexto de pedirle unas libretas de la universidad.

-Andy ¿como estas? soy Fabiola.
-Fabiola, pero si tu nunca me llamas.
-Discúlpame, pero necesito que me prestes tus apuntes de existencialismo.
-¿Y para eso me hablaste? ¿Qué quieres Fabi?

Entendí que hay personas con las debes de ser franco porque no admiten hipocresías y le hablé directo.

-¿Puedo ir a tu casa? Es un asunto muy delicado.
-Sí, te espero, respondió cortante y parca.

Andrea no era la típica niña dulce y bien combinada, era más bien una mujer de ideas, liberal, espontanea, alegre y contestataria. Siempre de jeans, Andrea era una persona obstinada, poco afecta a elogios; en una palabra, lo opuesto a Fabi y a mí.

Llegué en un santiamén al 425 de Rosas Moreno. Andrea compartía un departamento con dos compañeras extranjeras de la facultad de muy buen ver.

Cecile me abrió la puerta en ropa interior, y me invitó a sentarme. El interior era austero pero original, con muebles gastados de los muchos inquilinos que han pasado por ahí, pero alegremente acomodados, con este encanto que tienen los departamentos de estudiantes foráneos, coloridos, llenos de fotos y de recuerdos autóctonos.

-De qué querías hablarme Fabiola, dijo una voz que venía de una de las habitaciones.
-De tu novio le respondí en el mismo tono.

Con su pelo castaño en cola de caballo entre las manos, salió mirándome a los ojos afablemente.

-¿De Santiago? ¿Y tú que tienes que ver con él?
-Nada, además de ser el mejor amigo de mi novio. Pero anda raro, ¿No lo has notado?
-Tal vez, pero y eso a ti ¿Qué? Me acotó groseramente.
-Quizás nada, pero Sergio me pidió que hablará contigo porque está preocupado por él.
-Pues entonces que él hable con Santiago, en una de esas, él está mejor enterado de su vida que yo. Además si así fuera, tampoco te lo diría.
-Entiendo, le dije poniéndome de pie. Te dejo mi número y espero que quieras marcarme si las cosas cambian en tu relación, es probable que yo pueda serte de alguna ayuda.

Me agradeció sinceramente y hasta me invitó a su departamento la siguiente semana para festejar mi cumpleaños, o mejor dicho el de Santiago.

Andrea se quedó en silencio recordando las palabras de Fabiola, se preguntó que sabría ella de su Santiago que ella desconociera. Recordó que llevaba un par de días extraño y que seguramente, no era una casualidad que Fabiola se hubiera presentado ahí. En fin, que tendría de malo, se volvió a preguntar, que Santiago estuviera más fogoso que de costumbre, hacía tiempo que su relación se venía enfriando y este cambio la había hecho sentir que las cosas estaban mejorando.

De nuevo en casa, Santiago miró su cuerpo de niña en el reflejo de la ventana y viendo a la cama con esperanza, pensó que quizás mañana, al despuntar el día, su vida regresaría. Ese pensamiento la acompañó hasta que el cansancio la hizo perder conciencia.

III

El despertador sonó a las 6 en punto con una canción hiphopera estridente. Conté hasta diez y abrí de golpe los ojos para ver si algún cambio había ocurrido, pero los prominentes senos de Fabiola seguían erguidos frente a mí. Suspiré profundamente y me levanté decidido a hacer frente a mi vida en este cuerpo nuevo. De inmediato bajé a desayunar y le pedí a mamá un par de huevos divorciados con un rico licuado de fresas, y un pan de dulce con café. Su cara tenía una expresión de asombro que al principio no supe descifrar.

-¿Qué? Volvió a preguntar mamá.
-Lo siento, amanecí con mucha hambre.
-Pues que gusto me da, porque con esas dietas de revista barata que te pones a seguir, no te falta mucho para volverte anoréxica.
-Descuida, de ahora en adelante veras como va a mejorar mi apetito.

En realidad, no pensaba hacer ningún esfuerzo extra, si iba a vivir la vida de Fabiola, iba a ser a mi manera y eso incluía los desayunos copiosos. Después de un eructo moderadamente ruidoso, dejé el desayunador y me subí a arreglar. Nunca  imaginé lo difícil que resultaría quedar conforme. Tomé el manual y lo seguí al pie de la letra, falda blanca, blusa corta sin mangas de rayas rosas, zapatillas de medio tacón blancas, chamarra rompevientos con visos blancos, maquillaje suave, con el cabello de trenza francesa. Qué dificultad podría tener aquello, me pregunté confiado. Al cabo de una hora salí con jeans azules, blusa blanca, chamarra de piel obscura, maquillaje coloreteado y peinado de chongo. Era una facha pero fue lo mejor que pude conseguir.

-Así vas a ir a la escuela Fabiola, me preguntó mi hermano burlándose.
-Sí y necesito que quites la camioneta de la entrada.
-Te esperas que estoy desayunando, me respondió de mala manera.
En ese momento cogí sus llaves del mueble del salón recibidor y de dos quiebres la dejé estacionada frente al portón. Muy asustado salió detrás  para constatar lo bien que  había quedado. Le aventé las llaves y me subí a mi auto para dirigirme de nuevo a la universidad. Las 8 estaciones favoritas de Fabiola, las transformé en ocho estaciones de puro poder rockanrolero, tiré por el camino sus peluches y regalé  los pañuelos de ositos cariñositos así como seis cds de música popera en español. ¿Maná? Ni muerto.

Cuando llegué a la universidad, tomé mis precauciones y saludé a todos con un “hola” rápido y distante.
-Porqué tan fodonga Fabiola, que se te hizo tarde, me preguntó burlonamente Javier.

Mi respuesta lo dejó frio.

-Pues seré fodonga pero no me meto con la mamá de mis compañeros cuando ando tomado.

Hubo un silencio sepulcral que rompió José con un, “eso si calienta” que puso a reír nerviosamente a todo el mundo. La mirada de Javier me dijo lo mucho que le había calado mi comentario y supe perfectamente desde ahí, que nunca más  se metería con Fabiola.

Cuando Santiago me vio, tres clases después en el receso, me jaló del brazo y en las jardineras empezó la batalla.

-¿Cómo te atreves a venir con ese look? ¿Cuando me has visto vestida así? Y además ya me contaron lo altanera que estas con mis amigos. ¿Quién te crees? Ahorita mismo te disculpas con Javier.
-Ni lo sueñes, no lo haré porque no voy a jugar tu papel de niña “calienta chicos”. Sé muy bien que te llevas así con ellos porque te encanta ser el centro de atención y te sobajas con tal de tenerlos a tus píes. Yo no soy así Fabiola y no voy hacer lo mismo que tú. A mí sí me van a respetar. Y con respecto a la ropa, puedes irte acostumbrando que así me vestiré, tus cursilerías de vestidos pastel me tienen harto.
-Muy bien, me contrarió Fabiola, pues si lo que quieres es guerra, guerra tendrás. Yo también puedo destruir tu reputación y tu vida en un par de días. Ya verás lo que se dirá de ti entre tus amigos de la Facultad.
-No me amenaces idiota, le respondí, que si crees que he arruinado tu reputación, cuando en realidad te estoy salvando; espérate a lo que puede pasar.
-Mi reputación está intacta.
-Por favor Fabiola, si te dicen "la tabla del uno" y de fácil no te bajan esos que llamas tus amigos, y aunque yo te defendía por ser la novia de mi mejor amigo, en realidad es muy difícil justificar tus actitudes.
-Eso no es cierto y prepárate que no te la vas acabar.

La primera evidencia de que algo raro se estaba cocinando fue la siguiente vez que vi a Fabiola. Ahogada de alcohol, apenas y podía mantenerse en pie. El cuerpo de Santiago abrazaba a dos chicas completamente desconocidas que  intercambiaban besos y tragos junto a él.

-Fabi, me preguntó con una voz fingida e irremediablemente burlona.
-Podemos hablar, le pregunté tratando de no revelar mi ira.
-Si claro, pero antes déjame presentarte a dos amigas.
-Sin voltearlas a ver, les pedí que me dejaran con él.

En cuanto se alejaron y sin mediar palabra, me le deje ir a golpes a la cara, los cuales solo sirvieron para que hacerlo enojar más. De dos movimientos sometió mis brazos y me lanzó de bruces contra el césped del estacionamiento.

-¿Estas enojado Santi? Dijo ya sin fingir la voz. Sabes, nunca me había divertido tanto. ¿Qué crees que piensen de ti después de hoy? Se me hace que tu novia ya no te va a querer.
-Esta vez si has ido demasiado lejos Fabiola, y ahora va la mía.

Al día siguiente, me llegó el turno de desquitarme y vaya que si fue inolvidable. La idea fue simple, destruirla. Si a ella no le importó las repercusiones sociales de su actuar, a mí tampoco me habría de importar lo que sucedería con su círculo social. Me vestí como una chica callejera y me presenté a la universidad con el cabello color zanahoria. Esa mañana, fui realmente el centro de atención, levantaba admiración y al mismo tiempo repulsión por donde quiera que pasaba. Me corrieron de dos clases por insolente y reprobé un examen que dejé en blanco dos minutos después de que me lo habían entregado. Si no me atreví a más, fue porque la idea de flirtear con alguien más, me desagradaba y porque también Sergio seguía siendo mi mejor amigo.

Por la tarde, en lugar de un severo reclamo de parte de Fabiola, recibí un correo electrónico donde se disculpaba. Fui demasiado lejos y haberte hecho daño fue como haberme lastimado yo, me escribió. Lamento el daño que te he ocasionado y te prometo hacer de tu cuerpo algo de respeto. La sentí sincera y pensé que solo estaba confundida y frustrada como yo, temerosos de vivir una vida que no nos correspondía. Quedamos de vernos esa tarde en un café para analizar lo sucedido.

-Lo siento, me volvió a repetir, estaba frustrada y quise darte una lección que me salió más cara a mí. Es que en el fondo, debo reconocer que me molesta que puedas ser mejor que yo y vivir la vida de mejor manera.
-No sigas, creo que ya nos estamos entendiendo. Te juro que nadie más oirá hablar de ti a partir de hoy y eso incluye tu relación con Oscar, no puedo seguirte el juego con el chico de tu trabajo.
-Lo sé y haz lo que creas más conveniente, ya tenía ganas de terminar con eso. Ahora acompáñame que tienes una cita.
La cita era en su salón de belleza, donde una vez al mes se presentaba para retocar su imagen. Nancy, su estilista, me recibió de lo más amable, me lavó el cabello, me lo cortó en capas y me depiló, dolorosamente, mis cejas sobrantes. El manicure y la pedicura le correspondieron a Gaby que, con maestría, le dio forma a mis pies y dejó mis dedos de terciopelo. Esta vez no hubo uñas postizas, ni luces rubias en mi decolorado castaño. Aunque seguiría siendo Fabiola, tendría que imprimirle mi personalidad.

De camino a casa entre el tráfico y la lluvia pensé, por primera vez, que  esa era la vida que me esperaba toda mi vida, que probablemente esto no tendría marcha atrás.  Raptado en una prisión de oro, decidí buscar mi libertad en el paraíso de Fabiola.

La llamada de mi novia me sacó de mis tribulaciones.

-Dime Andrea, ¿Qué milagro?
-Llamo para recordarte la fiesta de mañana, espero no faltes.
-Ahí estaré, y dime, ¿Cómo van las cosas con Santiago?
-Pues, después de lo de ayer, ya no sé.
-Qué pasó ayer, le pregunté fingiendo que no sabía de que hablaba.
-Pues yo no lo vi, me respondió, pero dicen que estaba muy bien acompañado y ahogado de borracho.
-¿Y cómo te lo tomaste?
-Mal, por supuesto, hace rato hablé con él y aunque no lo negó, se disculpó.

Abogué por él y le dije que eso era normal entre los inmaduros chicos que habíamos escogido como parejas y que a mí también me había sucedido lo mismo con Sergio.

-Ah ¿Sí? No sabía, pensé que tenían la relación perfecta, me dijo sorprendida.
-Claro que no, somos muy diferentes.
-Pues yo no sé qué hacer con Santiago, de un tiempo acá, no lo reconozco, es otro.
-¿Y eso te molesta? Le pregunté realmente interesado.
-No y si, es más impulsivo, mucho más prendido, pero igualmente, parece que hubiera olvidado cosas, como distraído. Te juro que sólo porque lo veo, sé que no es otra persona.

Me quedé frio

-Seguimos charlando en tu depa, le pregunté para dejar en suspenso nuestra conversación.
-Sí y gracias por escucharme,  debe ser que no te conocía, pero reconozco en ti a una buena amiga, hasta mañana.

Bajé a cenar con mi familia adoptiva y pedí permiso para llegar tarde al día siguiente. La mamá de Fabi, me dijo que hiciera lo que quisiera, en cambio su padre me pidió que llegara antes de las tres y que no bebiera más de la cuenta. Terminé de cenar y me puse a revisar las cosas que había en el cuarto de Fabiola. Era una sensación extraña, porque aunque ahora eran mías, no podía dejar de sentirme como un ladrón. Abrí sus cajones con cuidado, casi como si temiera su entrada intempestiva y descubrí, además de una caja de condones y un dildo de látex sin baterías, un cuaderno rosa envuelto en seda que iniciaba con su nombre en la primera hoja.

El pequeño diario no tenía escritas más de treinta hojas, la mayoría tenía recortes de revistas o pegotes de cosas sin sentido. Su lectura era difícil por lo mal redactado que estaba y la horrible letra que siempre la había caracterizado. Las últimas páginas contenían lo más importante, en ellas hablaba una mujer sensible y confundida, una niña dividida entre el amor y el libertinaje, dominada por sus pasiones. Mi nombre, junto al de Andrea, aparecían en la penúltima página, en ellas mencionaba lo mucho que la admiraba y lo bien que yo la entendía. En la última página de su diario encontré el pasword de su notebook a la cual no había podido accesar hasta ese momento.

IV

El viernes llegó por fin, me levanté del mejor ánimo posible y decidí que ese día iba a ser el mejor de mi vida, así que escogí un vestido estilo setentas, corto de tela y generoso de formas, unas plataformas muy de la época, y alacié los rizos de mi cabello que remate con una ancha diadema blanca. Piropos y adulaciones no se hicieron esperar, hasta Fabiola reconoció que ese día estaba fenomenal.

Al final de las clases, todos fuimos a un bar en las cercanías de la facultad. Bebí como siempre, ante los atónitos ojos de mis amigas. Aunque a mi juicio tomé lo de costumbre, nadie daba crédito de lo que acababa de consumir, seis cervezas y dos mojitos, cantidad suficiente para ver caer a Fabiola. Y en cambio yo, aunque si estaba tomado, me sentía de maravilla, de no ser por la monserga de ir a un baño donde las filas se vuelven interminables, hubiera seguido bebiendo. La mirada de mis amigos lo decía todo, no era ya esta mirada coqueta, o a veces lasciva de hace unos días, era más bien una expresión de aceptación, casi de admiración. Comimos cualquier cosa que me supo a gloria, y llegué a mi casa para retocarme y alcanzar a Sergio.

Catherine, la amiga inglesa de Andrea nos abrió la puerta del departamento y con una sonrisa sincera nos invitó a pasar a un lugar lleno de música, vino y gente desconocida. El olor a humo de hierba me recibió dulcemente desde el fondo del departamento, algo típico de esas reuniones, llenas de pláticas increíbles, personas desconcertantes y bailes inagotables. En eso estaba cuando Fabiola en el cuerpo de Santiago, me llegó por detrás con un beso en la mejilla. No me trajiste mi regalo de cumpleaños, me preguntó cínico y descarado. Soy yo el regalo, le dije con aire que me hizo sentir superior.

-Te ves guapísima, insistió.
-Ya lo sé, le dije riendo de la cara de bobo que traía.
Salud! Dijo Andrea alcanzándonos dos vasos de Absolut Azul con granadina. Brindamos por el amor y nos abrazamos los tres sin saber, bien a bien, quién felicitaba a quién. Cuando Fabiola fue a servirse su segundo trago, aproveche para continuar la conversación pendiente con Andrea.

-¿Qué quisiste decir con eso de que “Santiago es muy prendido”? le pregunté a quemarropa.
-Nada Fabiola, sucede que de un tiempo acá no salimos de la cama.
-¿Y qué antes no era así?
-Pues si se esmeraba, pero no sé, ha cambiado, es como si de un día al otro hubiera sabido exactamente donde estar, que decir y que tocar, parece que me estuviera leyendo la mente.
-No puede ser, dije entre dientes.
-Me siento adivinada, te lo juro, ya me está dando miedo.
-¿No exageras Andrea?
-No, en serio, ¿a ti nunca te ha pasado algo similar?

No, ni con las gitanas que leen la mano o el café, bromé. En realidad, era muy cruel darme cuenta de esto, de esta manera, de su propia boca, y comparándome conmigo mismo. Cuando tuve a Fabiola  a tiro de cintura, la tomé de la mano y le pedí frente a su novia que me invitara a bailar.

-Te pasaste, le dije mientras sonreía feliz a los ojos de Sergio y Andy. Ya me enteré de lo que estás haciendo con mi novia.
-¿Tu novia? Perdón, mi novia, y no te quejes que a punto estuviste de perderla también.
-¿De qué estás hablando Fabiola?
-De que estaba a punto de terminarte, de que le devolví la pasión.
-Estás loca ¿Por qué demonios tienes que meterte con Andrea?
-Por qué ella cree ser mi novia, respondió cínicamente. Reconozco que al principio me espanto la idea de salir con niñas, pero admito que tenías razón, tu vida es más divertida que la mía.
-Si se detestan.
-Así parece, pero las apariencias engañan, créeme, tu Andy solo es la mitad de la chica que te ufanas de conocer.
-¿A qué te refieres?
-Tiene necesidades y francamente soy mejor que tu para satisfacerlas. Así que con tu permiso, tengo cosas más importantes que hacer.

En ese momento entendí que tenía que jugar su mismo juego, no podía luchar una batalla siendo algo que no era más, si algo había por rescatar, era el momento de luchar en su cancha y con sus mismas reglas.

Inmediatamente me dirigí hacia Sergio que discutía acaloradamente con un tipo que apenas y se mantenía de pie, y sin más me calqué en su vientre con un ritmo semilento, reggetonero y sensual.

-¿Qué te pasa Fabiola? Te desconozco, me dijo nervioso.
-Estaba confundida, atiné a decir torpemente, han sido unos días muy complicados, ya sabes, cosas que solo entendemos las mujeres.

La cadencia de nuestro baile nos condujo a la última habitación del corredor, donde mi vestido cómplice colaboró con sus manos traviesas, en un sexo que más que eso, fue un nuevo descubrimiento, una  manera diferente de sentir la vida y el horizonte de una felicidad total. Me dejé hacer por él, como la balsa que flota a la deriva, colaboré en tiempo y modo a su entera voluntad, abrí, cerré, subí y bajé tantas veces como estuvo bien a su placer. Abnegada y complaciente, desvestí mi cuerpo y mi alma sin pudor,  y me dejé llevar de la mano directo hasta el orgasmo. Me levanté de ahí, igualmente desnuda de ropas y de culpas, dejé a Santiago muerto en el colchón y en nuestro segundo encuentro fui yo quién lo llevó, fui yo quién lo tomó, me convertí de golpe en exploradora de sensaciones perturbadoras, en aventurera de texturas y sabores inconquistados. Me volví proveedora de placer, lo hice mejor que cualquiera y como cualquiera, fui única, me gané cada letra del nombre de Fabiola y entonces me sentí a mano con ella y tranquila conmigo misma.

A las tres y diez de la madrugada acomodé mi vestido y luego de un profundo beso a ese, mi primer amante, salí con él para mirar los ojos inyectados de alcohol y odio de Fabiola, disfrazada en el cuerpo de Santiago.

-¿Te gustó? Me preguntó Fabiola al oído.
-Sí, y mucho, de lo que me estaba perdiendo, le respondí con una sinceridad que vino del abismo de mi alma. Y ahora si me disculpas, estoy cansada y quiero irme a dormir.
-¿Querrás decir cansado? Corrigió
-No, escuchaste bien, desde hoy voy a vivir tu vida de la misma manera que vives la mía, así que acostúmbrate Santiago, que hoy murió lo que un día fui.

Antes de irnos, Andrea me detuvo un momento en el corredor y me agradeció lo bien que esta noche la habíamos pasado juntas. Aunque  no entendí por completo lo que me quiso decir, mi corazón que le pertenecía desde hacía tiempo, recordó lo bien que se sentían sus abrazos cuando nos enamorábamos. Así que entre su talle y los brazos que aprisionaban su espalda, acepté el tímido beso que sus labios me obsequiaron.

-¿Será nuestro secreto? Me preguntó angustiada y emocionada.
-Hasta la muerte, le respondí con mi dedo índice sobre sus labios rojos.

Irónico,  yo era la razón de su infidelidad, causa y consecuencia, un bucle que se retroalimenta.

Los gritos de Sergio me arrancaron de los brazos  de ella y casi como Cenicienta, salimos al frio brutal de la madrugada que despuntaba.

El camino fue largo hasta mi casa, el vaho en el cristal difuminaba la luz artificial de las lámparas neón de la Avenida Central. Igual que mi cabeza, mi mirada borrosa se perdía en los recuerdos de esta agitada noche, quién soy en realidad, dónde quedé después de cerrar la puerta de esa habitación, me pregunté nostálgica.


V

A la mañana siguiente, me desperté con un intenso dolor de cabeza agrandado por un fuerte dolor de vientre. Todavía adormilada, encendí la notebook de Fabiola e inserté su pasword que inmediatamente me dio acceso a los archivos de su computadora. Lo que leí me dejó conocer mejor a la chica que creía yo conocer:

“Odio mi vida, cuando no es aburrida es un desmadre, mis papá cree que todo se arregla con dinero y mi mamá vive de recuerdos. De mis amigas ni hablar, a la menor oportunidad te clavan un puñal y mis amigos solo quieren acostarse conmigo. Lo único que vale la pena es Sergio, que aunque es lindo, es tibio y algo inmaduro, lo contrario de Oscar, un patán que no le importo y solo se aprovecha de que no puedo decirle no. Estoy jodida, la vida sería mejor si fuera un chico, como Santiago, nunca se preocupa de nada, todo el mundo lo quiere, salé con la chica más guapa de la generación y nadie habla de él. Si por un momento pudiera tener su vida, que de cosas pasarían”

“Me lleva”, dije mientras corría al baño, la regla finalmente había llegado con varios días de atraso, que me hicieron imaginar lo peor. El dolor, aunque soportable, era parte de una experiencia indescriptible, que llevaba de arriba abajo mi estado de ánimo y me hacía irritar o llorar a la menor provocación. Todo el fin de semana comí helado y decidí no salir con Sergio para aclarar mi nueva situación. El siguiente lunes, el dolor no era más que un terrorífico recuerdo, la amenaza sutil y persistente de la fuerza de la vida. Así que decidí ser sincera con Andrea y nos citamos en un café justo detrás de la casa de mis papas para contarle toda la verdad, total, ¿Qué de malo podía pasar?

Procuré llegar antes que Andy y aparté una mesa escondida detrás del mostrador junto a los baños. Ordené un Capuccino Late y me senté a repetir el discurso que pensaba explicarle:

“Te tengo que decir algo y te voy a pedir que no me interrumpas hasta que llegue al final. La chica que crees Fabiola, en realidad no es ella, soy yo Santiago, con engaños Fabiola me embauco la noche de la fiesta de Sergio hace dos semanas y desperté en este cuerpo que no me pertenece”

Después de escucharme con atención, su respuesta me sorprendió, bajo ninguna circunstancia se molestó o se alteró, me miró tranquila y me dijo que no le resultaba extraño, pero que tendría que probarlo. Le pedí entonces que me soltará las preguntas más secretas del tiempo que hemos pasado juntos. ¿Dónde nos conocimos, quién nos presentó, en qué hotel nos encontramos por primera vez? Entre otras anécdotas más íntimas. Respondí una a una a sus preguntas y comprobé que lo que estaba contando era verdad. Su rostro se llenó de luz y me besó agradecida de saber que ella tampoco estaba loca.

-Ya lo sabías, le pregunté entonces.
-Las cosas no me cuadraron desde el principio, Santiago no tenía nada que ver contigo y francamente muchas actitudes y manías de Fabiola las repetía inconscientemente conmigo.
-¿A qué te refieres?
-Muletillas al hablar, la manera de tocarse el cabello, la cara de tonta cuando no entiende algo, ya sabes, esas pequeñas cosas que delatan los enormes secretos.
-¿Y nunca la enfrentaste?
-No directamente, le hacía las mismas preguntas que a ti y sus respuestas equivocadas me hicieron sospechar.
-¿Y porqué seguiste con él?
-Porque hace el amor como los Dioses, o ¿debería decir las Diosas? rió. Además, ¿Pretendías a caso que terminara contigo sin motivo ante los ojos de los demás?
-¿Y en algún momento descubriste quién era yo en realidad?
-No tardé mucho en intuirlo tras el altercado que tuvieron tu y Fabiola. Me pareció evidente que algo raro estaba pasando y comencé a observarte y a seguirte. No fue difícil leer tus ademanes, tu falta de pose femenina, las palabras cuando te expresas de lo que no te gusta. Reconozco que te esforzaste, pero no lo suficiente para alguien que te conoce bien. Por eso te invité a mi fiesta, no porque Fabiola me cayera bien, sino porque sabía que eras tú, mi Santiago.
-Por eso tu cambio de actitud, le dije entendiendo todo. ¿Y entonces ese último beso fue totalmente planeado?
-Sí, aunque si Fabiola me cayera mejor, no habría hecho falta tu intervención. Pero de eso hablaremos después, lo importante ahora es ver la manera de revertir tu cambio.
-De acuerdo, haremos lo que tú quieras, pero necesito saber algo.
-¿Qué?
-¿Y cómo quedamos todos en este enredo?
-Igual, yo seguiré con Fabiola y tú con Sergio, solo que ahora también volveremos a salir tú y yo.
Nos deslizamos en un beso profundo que conectó su alma con la mía, más allá de su cuerpo, de mi sexo y de los dependientes de la cafetería que consentidoramente sonreían.


VI

Te tengo una noticia, nos vamos a la playa, le dijo Sergio a Fabiola que no pudo ocultar su sorpresa al escuchar esto. A dónde me piensas llevar preguntó respondiendo. A Puerto Paraíso, mis tíos tienen una reservación anual en uno de los mejores hoteles de la ciudad y este año no la van a ocupar, dijo Sergio ufanándose como un pavorreal.  Además, agregó, ya hablé con Santiago y me prometió que él y Andrea estarían con nosotros este fin. Es decir que solo vamos a estar nosotros cuatro, preguntó de nuevo Fabiola como si el hecho de repetirlo le ayudara a comprenderlo.

- Sí, exacto, ¿no te parece genial Fabi?
Si claro, respondió convencida que esa era una jugada maestra, más aún después de haber hablado con Andrea y haber quedado en tan buenos términos.
-¿Cuándo nos vamos Sergio?
-Mañana en la mañana, a las 9 pasamos por ellos y en tres horas estaremos llegando al puerto.

Playa Paraíso, se dijo Fabi entre dientes, hacía tiempo que no la visitaba y ya casi había olvidado que en ese lugar había besado por primera vez a Andrea hacía dos años. Era un lugar donde nada podía salir mal, pensó.

Desde que había asumido su rol de chica, su vida había  empezado a mejorar, se sentía más feliz, había dejado de luchar, su cuerpo respondía a todas estas nuevas sensaciones que el mundo le revelaba. Los aromas tenían ahora gustos diferentes, las texturas evocaban imágenes imposibles, los sonidos revolucionaban el recuerdo. El viento se volvió pretexto para vestir de primavera, la canícula el motivo para desvestir el verano. Estaba radiante, como nunca nadie la había podido ver antes.

Puntuales, los cuatro se encontraron en casa de Santiago, llenaron de trago la camioneta y partieron directo a su destino. El paisaje de la carretera lucía magnífico, cerca del puerto, la costa irradiaba un azul intenso y brumoso, la sierra majestuosa observaba de lejos el serpentear de la carretera que descendía hasta el nivel mar. Sergio condujo todo el trayecto mientras Santiago y las chicas bebían una especie de cerveza compartida.

No sabía que tomaras dijo Andy a Fabiola  con un guiño de ojo que dejo claro que pensaba exactamente lo contrario. Muy poco Andy, respondió Fabiola pasando su brazo sobre el hombro de su compañera de viaje.

-¿Te quieres recostar Andy?

Andrea bajo su cabeza sobre las piernas de Fabiola y cerró los ojos mientras Fabi, acariciaba suavemente sus cabellos. A obscuras, Andy reconoció claramente la figura de Santiago, no había lugar a dudas, era él, la misma fuerza, los mismos lugares comunes que solía tocar, la misma delicadeza y cadencia que lo llevaban de la coronilla hasta la base de la nuca y luego los hombros, hasta la parte central de la espalda. Qué bien se sentía, pensó Andrea dejándose hacer por las manos expertas de Fabiola.

Después de una pendiente muy pronunciada que Sergio condujo a más de 160 k/h llegaron a Playa Paraíso justo a la media del mediodía. En el  lobby de la Torre Estrella, dos ayudantes de piso ya los esperaban para llevar sus maletas. Sus habitaciones quedaron en el piso 16, una con vista al mar y otra con vista al boulevard. Lo echaron a suertes y  fue Fabiola quien ganó el cuarto con vista al mar.

Mi amor que bueno que ganaste le dijo  Sergio a Fabiola, a lo que ella respondió que no entendía el porqué de su alegría ya que ese cuarto estaba reservado para ellas, mientras ellos tendrían que ocupar el de enfrente. Con los ojos desorbitados y una sonrisa de oreja a oreja, Andy asintió con la cabeza y rio la risa de Fabiola, que ninguno de los dos chicos supo interpretar. Bueno, lo de menos es donde pasar la noche, dijo Santiago; no, lo de menos es con quién, agregó Fabiola en silencio.

El hotel era simplemente espectacular, de reciente construcción, era un lugar hecho para los enamorados, con camas extendidas sobre la arena blanca y una gran piscina que el mar llenaba con la marea. Era un pequeño paraíso donde cualquier fantasía podía hacerse realidad.

Cuando todo el mundo terminó de desempacar y después de un sabroso almuerzo cortesía del restaurant, bajaron directamente a la playa que los esperaba tibia e inquieta. El bañador de Fabiola era ligeramente escandaloso,  pero sin ser vulgar. De dos piezas, la parte superior recortaba con dos triángulos minúsculos sus bien proporcionados pechos, mientras que la parte inferior, sin llegar a ser de hilo dental, dejaba muy poco que imaginar. La cara de Sergio, pero particularmente la de Santiago habían hecho que valiera la pena el sufrimiento por el que había tenido que pasar para lucir lampiña. La depilación con cera le había significado uno de sus mayores sacrificios,  y de no haber sido por Andrea, hubiera sido capaz de dejarla a medias. Era una Diosa morena en dos trozos de tela canela.

Te ves muy bien, pero atrevida, le dijo Santiago a Fabiola mirándola por todos lados. Importa, le respondió riendo al tiempo que le acercaba el protector solar. En la espalda, si no te molesta Santiago. Del cuello a los hombros, Santiago pasó sus manos suaves por todas las esquinas de esa espalda pequeña y entallada, no sin admitir un poco de excitación.

Te gusta, le preguntó retadora a lo que Santiago respondió alzándola de las piernas sobre sus hombros para tirarla directamente a la piscina. Sergio hizo lo  propio con la novia de Santiago y los cuatro terminaron en ese inmenso estanque azul turquesa, perfecto escondite para sus abrazos profanos.

-Nunca imaginé estar aquí dijo una Fabiola sincera a su antigua compañera. Recuerdas la última vez que estuvimos viendo el mismo atardecer, le volvió a preguntar con ironía.

-Cómo olvidarlo, nuestro primer beso, nuestra primera noche juntos, respondió Andrea tras darle un gran sorbo a su coctel margarita. Pero no tiene por qué ser la última, remató.

-¿Y qué vamos hacer con nuestros hombres Andrea?

-De entrada dejar que dejen de beber porque a ese ritmo no van a llegar ni al cuarto, además ya llevan rato platicando con esas “zorras” y ya es hora de que sepan quién manda aquí.

Santiago y Sergio, nos pueden traer una ronda más por favor, dijo Andy con la vocecilla más dulce y mentirosa del mundo. A lo que los dos, y no de muy buena manera, accedieron dejando solas a sus nuevas compañeras que al voltearse ellos, las atravesaron con la mirada.

-Entonces Andy, qué vamos hacer esta noche, repitió Fabiola.
-Tengo un plan, pero no sé si vas a querer participar.
-Claro que sí, ya sabes que estamos metidas en esto y con tal de recuperar mi vida, haría lo que me pidieras.

La cara de asombro de Fabiola y su risa malévola desconcertó a los chicos cuando llegaron con las bebidas a la orilla donde estaban refrescándose los pies.

-Planeando algo, preguntó Sergio metiendo la mano entre el ante-brazo y la teta derecha de Fabiola.
-Te esperas, dijo ella zafando su cuerpo de las manos de su novio. Ya están borrachos ¿verdad?
-Un cómo crees que no convenció a nadie, dio fin a la discusión.

La noche encendió las luces de la ciudad que como un nacimiento, delinearon una forma semicircular alrededor de una obscura mancha destellante, el mar. Con la fresca brisa  nocturna, las dos parejas subieron al piso dieciséis y se prepararon para una noche inolvidable.

-Se me ve bien esto Fabiola, preguntó Andrea mostrándole un vestido corto y escotado que la hacía lucir tremendamente provocativa.
-Sí, te ves excelente, yo por el contrario no sé qué ponerme.
-Intenta el short blanco con la blusa azul.
-Pero no me veo muy “porno, dijo Fabi desconfiada.
-No, te ves bien, además dijiste que hoy me ibas hacer caso en todo, así que manos a la obra y no preguntes, ¿ok?

Como siempre ellas demoraron cuarenta minutos en bajar, tiempo suficiente para cargar un par de whiskys más  a la cuenta total.

-Sergio, dijo Santiago, no podemos permitir que esta noche se queden ellas con la habitación.
-No te preocupes Santi, después del antro vamos a terminar cada quién en el cuarto que le corresponde, haciendo lo que venimos pensando desde ayer.
-¿Y qué vamos hacer con las “chavas” que conocimos hoy?
-Todo lo tengo bajo control, anoté su número y quedé en informarles en qué lugar íbamos a estar hoy. Con suerte y llegan.
-¿Tú crees? ¿Pero no piensas que es muy arriesgado Santi?
-Un poco, pero de eso se trata, el lugar es muy grande y uno puede perderse fácilmente ¿No?
-Eres de lo peor Santiago, te conozco de hace tiempo y me extraña que te comportes así.  Has cambiado mucho de unos días para acá. Yo francamente prefiero no arriesgarme, si me llega a ver Fabiola, no me la acabo.
-Eres un marica, pero en fin, tú te lo pierdes, si algo he aprendido desde hace unas semanas es que tienes que aprovechar la vida al máximo, porque no sabes cuándo se va acabar. Además, así está mejor porque te puedes quedar cuidándolas mientras atiendo a Giovanna.
-Tú sabrás Santiago, pero ten cuidado deque Andrea no se dé cuenta porque es capaz de terminarte ahí.

Las chicas llegaron finalmente a las 10 en punto y tras una larga tanda de piropos mutuos, todos abordaron un taxi que los condujo al “Embassy” una disco de moda en la región.

Después de una muy corta espera delante de la cadena, los cuatro se escabulleron al interior de esa vorágine musical, entre un tumulto de gente que esperaba entrar desde antes que ellos llegaran.

Una botella de “Tequila Azul” les autorizó la mesa que buscaban y el derecho a divertirse como si de su último día sobre la tierra se tratara. Una tras otra las bebidas se fueron enfilando entre pasos de baile desequilibrados, manoseos desenfrenados y discusiones incoherentes. A la media noche, en su tercera vista al tocador, Andrea y Fabiola dieron luz verde a su pequeño plan.  Con paso decidido ambas se dirigieron de nuevo a su mesa donde ya las esperaba Sergio. De manera espontánea, un baile delicado y suave comenzó entre ellas, un baile que muchas veces habían ensayado, mucho antes de que Santiago se convirtiera en Fabiola, un baile enamorado y atrevido. La reacción del lugar no se hizo esperar y en minutos un gran círculo rodeaba a la antigua pareja que como hipnotizada, había olvidado; tal vez por el alcohol, tal vez por amor, que eran dos mujeres entregándose y no un hombre y una mujer como en realidad se sentían. Fue tal el alboroto que hasta Santiago que besaba a Giovanna al otro lado del lugar, fue corriendo a ver lo que estaba sucediendo.

-Que esa no son tu novia y tu amiga Santiago, le dijo Giovanna señalando la esquina superior izquierda de ese teatro acondicionado como bar.

Sergio, impávido, disfrutaba de aquel espectáculo, admirado y al mismo tiempo aterrorizado de ver a su pareja en brazos de su mejor amiga.

Un “ya estuvo bien”, detuvo el último beso de las dos, que sonriendo voltearon hacia la voz que acaba de gritar.

-¿Tú gustas Fabiola? Le dijo una voz femenina al chico de enfrente que respondía al nombre de Santiago. Lo sé todo, dijo la misma voz que abrazaba la cintura de Fabiola.

-Tú no sabes nada Andrea, Fabiola te está engañando, respondió Santiago.
-No, tú me has estado engañando a mí, pero se acabó, quien sea que este en el cuerpo de Fabiola me ama y eso es lo único importante.

Sergio que no daba crédito a la escena que pasaba delante de sus ojos, les rogaba que le dieran una explicación.

-Sergio, dijo Fabiola, no soy quien piensas, sé que no vas a creer esto, pero tu verdadera novia está escondida en el cuerpo de Santiago y yo en realidad soy Santiago.
-Es una broma, dijo Sergio al mismo tiempo que acercaba la boca de la botella a su nariz. Esta botella debe estar adulterada, no puede ser que hayan perdido así la razón. Dime que están equivocadas Santiago.

- Esto ha ido demasiado lejos, dijo Santiago.
-Tú lo llevaste demasiado lejos, pero te vas a quedar sola, porque ni Andrea ni yo vamos a soportar que sigas adelante y hemos decido que te vamos a desenmascarar.

-Nadie les va a creer.
-No estés tan segura, mira.
-Sergio, ¿no has notado que tanto Fabiola como Santiago se traen algo raro desde hace un tiempo?
-Seguro que sí, en lo malo al principio y en la bueno hasta ahora, Fabiola es otra persona y francamente Santiago tiene muchas cosas que explicar.
-Lo ves, todos van a darse cuenta de tu engaño Santiago, así que es mejor que no me sigas haciendo daño y me regreses la vida  que tenía.

Fabiola en el cuerpo de Santiago se quedó callada y volvió sobre sus pasos hasta alcanzar la salida.

Sergio, sin decidir a donde ir, permaneció con ellas y pagó la cuenta para abandonar el lugar.

De camino a casa, Andy le explicó con detalle lo que acaba de suceder y le pidió su discreción.

Entonces, dijo sin estar convencido, la Fabiola que se ha estado acostando conmigo, en realidad es mi mejor amigo.

-Así es, y lo lamento Sergio, pero debes de entender que nunca me ibas a creer si te decía la verdad. De hecho, Andrea tampoco la sabía y solo fue hasta después, que ella lo descubrió.

-Pero cómo puede estar tan ciego, se preguntó meciéndose los cabellos. Y luego tú Santiago, mi mejor amigo, que asco, ¿Cómo pudiste?
-No tuve opción, pensé que esto iba a ser pasajero y que nadie se iba a dar cuenta, pero como ves, es imposible callar un secreto así, porque en el fondo, el amor es más fuerte.
-¿Quiere decir entonces, reflexionó Sergio, que todo este tiempo le he confesado mis peores secretos a mi propia novia?
-Sí, así es, dijo Andy. Pero creo que en realidad no te quería, ella no quiere a nadie, solo espero que esto le haya servido de lección.
-Y si no funciona nuestro plan y decide quedarse como ya es, pregunto Santiago con la voz de Fabiola.
-No lo creo, dijo Andrea, hoy perdió a su novio y a su mejor amigo, no pienso que quiera arriesgarse a perderlo todo, además, si así sucede siempre te querré por lo que eres y no por lo que se ve.

Sergio se unió en un abrazo fuerte y cariñoso con las dos y ya en el hotel los tres cayeron en un sueño profundo sobre la cama iluminada por la luna.


Epílogo

Cansada de caminar, Fabiola detuvo su andar delante del muelle y fijó su vista en un pequeño barco que alumbraba su silueta sobre las aguas del Pacífico. Las estrellas pendían sobre un obscuro cielo transparente que se perdía en el horizonte de un océano igualmente negro. Aunque hacía calor, Fabiola temblaba de un frio interior que le helaba el alma. La profundidad del agua bajo sus pies le resultaba de pronto agradable y tranquilizadora. Vinieron a su mente los últimos días en que había vivido en el cuerpo de Santiago, que feliz había sido a pesar de todo, nunca imaginó que el mundo de los hombres pudiera ser tan especial, tan fácil y tan directo; siendo Santiago finalmente había logrado deshacerse de su imagen de chica frívola para convertirse en su contraparte masculina, adorada y seductora. Cayó en la cuenta, que aunque en el fondo ella nunca cambió, lo que se transformó fue la mirada del otro en la interpretación de lo mismo. Lamentó que hombres y mujeres no pudieran ser juzgados de la misma manera por los mismos actos y odió vivir en un  mundo de apariencias. El agua salada y fría se sentía tan bien alrededor de su cuerpo,  la luz difusa de la superficie cobraba una brillantez inimaginable, el aire ya no era necesario, que bien se sentía volver a ser Fabiola.

Un atroz dolor de cabeza levantó a Fabiola del lecho de tres donde amaneció de madrugada. Sergio  a los pies de esa cama  improvisada, descansaba profundamente sumergido en un sueño de niño, mientras que Andy era solo un bulto debajo del cobertor.  No pasó mucho tiempo antes de que se diera cuenta que la ropa le estrechaba las caderas y le estrujaba el pecho. Ya no había senos, ni cabello rizado, solo vellos y un sexo largo.

De prisa, Santiago desmaquilló su rostro feminizado y abrió rápidamente la maleta de su amigo Sergio para tomar un par de pantalones, una polo y unos tenis del siete y medio. Preocupado por Fabiola, preguntó  en recepción si habían sabido algo de su amiga. A lo que el recepcionista de guardia respondió simplemente que la vio entrar alrededor de las 5 de la mañana junto con una chica y un chico. Angustiado por no saber nada de ella, presionó ahora al supervisor de turno para que se comunicaran con los servicios de emergencia de esa ciudad. Tras varios minutos de angustia, el nombre completo de Fabiola fue pronunciado por el chico de recepción que inmediatamente le pasó la bocina.

-Es usted familiar de la señorita Fernández, preguntó una voz seca del otro lado del auricular.
-Sí, somos amigos, de dónde llama, le respondió Santiago  con impaciencia.
-Del Hospital Naval. Lamento informarle que la señorita Fernández…

En ese instante Santiago creyó comprender porque había vuelto a su cuerpo original, Fabiola  había hecho el sacrificio máximo, había dado su vida por devolverle la suya.

-Perdón señor, me decía usted que lamentaba decirme ¿Qué?
-Que su amiga sufrió un lamentable accidente y por poco muere ahogada a la orilla de la bahía. Por fortuna una persona que pasaba por ahí, vio como resbaló del muelle hacía el vacío y pudo rescatarla antes de que fuera demasiado tarde. No obstante tememos que puedan quedar secuelas porque durante un tiempo estuvo medicamente muerta, fue un milagro que volviera en sí.

Las últimas palabras del despachador no las escuchó, ya que antes de que terminara de hablar, Santiago salió disparado hacía el hospital.

Andrea y Sergio llegaron más tarde al cuarto donde convalecía Fabiola. Esta al verlos llegar soltó en un llanto fraterno y descontrolado.

-No recuerda nada de lo que ha pasado desde hace un mes, el doctor piensa que es una especie de amnesia debida a la falta de oxígeno en su cerebro, les dijo Santiago recargado sobre el quicio de la ventana.
-Entonces ha olvidado lo que sucedió ayer en la discoteca, preguntó Sergio anonadado.
-Sí  y te recomiendo que actúes con ella como si nada hubiera pasado, porque puede causarle un daño psicológico  grave enterarse de todo de un jalón.

Salieron del cuarto por disposición del doctor y la  discusión subió de tono.

-No la culpo, dijo Sergio, yo mismo aún dudo de lo de ayer, de hecho, nadie me asegura que después de llegar al cuarto y dejarnos ahí, ella misma hubiera salido por su propio pie y hubiera tenido este accidente.
-Por el amor de Dios Sergio, tú lo viste con tus propios ojos.
-Pues ya no sé lo que vi y realmente estaba muy tomado para distinguir entre lo real y lo imaginario, lo siento, también tengo lagunas.

Andrea que veía la situación en silencio, defendió la postura de Sergio y agregó:

“creo que él tiene razón, no tiene caso hablar de esa locura, mira que creer que Santiago se había metido a su cuerpo, eso si es tener mucha imaginación”

-Tú también te vas a poner de su lado, pero si todo esto lo planeamos justo para que diera este resultado, dijo Santiago desesperado.
-¿De qué me hablas mi amor?
-Del día en que estábamos en el café y té confesé que yo era Fabiola, recuerda que hasta nos besamos.
-Sí, sí recuerdo, pero para serte franca, me asombra que tu sepas eso porque Fabiola y yo quedamos en mantenerlo en secreto.
-¿Cuál secreto? Si dijimos que todo seguiría igual excepto porque nosotros íbamos a empezar a andar.
-Reconozco que tuve que seguirle la corriente en las locuras que me proponía, pero pensé que era una estrategia para acercarse a mí y tu tampoco tienes nada que reclamarme que perfectamente me di cuenta cuando te fuiste a besar con esa fulana del hotel.
-Pero si no era yo Andrea, era Fabiola en mi cuerpo.
-Y otra vez con lo mismo Santiago, me estas empezando a dar miedo.
-¿Me estás diciendo que jamás creíste ni una palabra de lo que te dije Andy?
-No entiendo por qué me hablas como si hubieras sido tú con quien platiqué en el café Santiago.
-Ni hablar, entonces solo fue un mal sueño y nos queda la ruda resaca de nuestra infidelidad, concluyó Santiago.
-Una travesura, solo eso, una travesura mi vida, dijo Andrea pegando la cabeza al pecho de su novio recuperado.

Al día siguiente, todos partieron de regreso a la capital, nadie habló durante el trayecto y llegaron sin contratiempo a casa de Sergio donde ya esperaban a Fabiola sus papás.

-Cuídate Fabi.
-Tú también Santiago.
-Nos hablamos Sergio, mañana tenemos que estudiar francés.
-Seguro viejo, vete con cuidado.

Andrea subió al auto de su novio, no sin antes responder con  un extraño y secreto guiño, a la indescriptible sonrisa de Fabiola.